Mi San José de los años infantiles difería bastante del actual. Asocio esos recuerdos de infancia a los primeros periódicos que leí como niño. Contaba yo apenas 8 años cuando era ya un lector impenitente, por lo que, inevitablemente, fui uno de los primeros lectores que tuvo La Nación, cuyo primer número veía la luz ese sábado 12 de octubre de 1946. Eran tiempos agitados que señalaban hacia el futuro.
Vivía yo por entonces con mis papás y hermanos 100 metros al este del edificio de la Estación del Ferrocarril al Atlántico. Mi bisabuelo Pietro Albertazzi había sido propietario de un amplio terreno, justo al inicio de las avenidas 1 y 3, hoy ocupado por el edificio Solera, frente al que fue el Cine California.
A comienzos del siglo XX, mi bisabuelo, que se había labrado una pequeña fortuna gracias a su gran experiencia como honrado cantero y maestro de obras, había construido allí un edificio de apartamentos de dos pisos paralelo a la vía férrea y, continuando hacia el oeste y doblando hacia el sur en la esquina, otro, de un solo piso, que incluía su casa de habitación, más otros dos apartamentos y un amplio solar.
Para cuando él murió, en 1933, todo el conjunto construido estaba muy deteriorado por una serie de sismos que sacudieron la ciudad en 1924. De su matrimonio con una joven de Cartago llamada Marcelina Piedra Montoya, nacieron varios hijos, entre ellos quien sería mi abuela Giovanna. En 1905, esta se casó con Rizieri Poltronieri, emigrante del Véneto, uno de cuyos hijos fue mi mamá, Leticia.
Mi abuelo Rizieri, quien cuando falleció, en 1945, había tenido un modesto trabajo en la legación italiana, conservó siempre esa nacionalidad, a pesar de las presiones que sufría por ser ciudadano de un país con el cual el nuestro estaba, sorprendentemente, en guerra.
Pero vayamos al grano. Poco antes de morir, mi abuelo me había acostumbrado a conseguirle los periódicos que se vendían fuera del edificio de la Estación. Él se sentaba luego en un sillón, en la acera, delante del apartamentito donde vivía, y devoraba las noticias que llegaban e informaban de la ruina en que se estaba convirtiendo su lejana patria. Yo lo asistía en lo posible, y ese apego por la lectura se me fue transmitiendo, de modo que, poco a poco, estaba al tanto de la política internacional del momento, un tema que siempre me ha atraído y que he seguido cultivando como el ciudadano del mundo que me gustaría ser.
Ahora bien, en 1946 yo seguía leyendo periódicos. La Nación llamó mi atención por su formato tabloide, tan diferente de los otros de entonces. ¿Cuáles eran? Principalmente La Tribuna y La Prensa Libre, que me parecían incómodos para leer porque tenían un formato como de “sábanas”.
Recuerdo, asimismo, por esos años, al vespertino La Hora, un tanto sensacionalista; luego, a La Semana Cómica, cuyo tono era chistosísimo, dirigida por Pío Luis Acuña, y en la cual un supuesto periodista llamado Giuseppe Quaranta, valiéndose de un macarrónico español, nos deleitaba con su visión de la política y de ciertos políticos nacionales, con sus triquiñuelas y bajezas de siempre. Y cuando llegaba el 2 de noviembre, nadie se perdía la edición especial dirigida por don Pío Luis, con las fotos de los muertos del año, con una prosa hiperbólica y dulzona, algo empalagosa, muy del gusto de las señoras de entonces.
Mucho más podría escribirse: la época fue pródiga en sucesos extraordinarios. Y estaba por llegar nuestra infausta guerra civil de 1948. Con todo, no puedo omitir una breve mención a mi apasionamiento creciente por la Argentina: su geografía, su historia, sus grandes personajes, sus escritores, su música, su cine.
Recuerdo cómo, mientras mis compañeritos de escuela y amiguitos del barrio se desvivían por todo lo que se refería al gigantesco imperio de las barras y las estrellas, yo, en cambio, me iba convirtiendo en un gran admirador de todo lo relativo al gran país del Cono Sur.
A La Casa de las Revistas, de don Eleázar Calvo Brenes, junto al Cine Variedades, donde se compraban aquellos deliciosos helados de palito, llegaban dos revistas que mi papá y yo leíamos con fruición: él, El Gráfico, dedicada al inigualable futbol argentino de entonces; yo, Billiken, una revista para niños que era una especie de enciclopedia de todo lo bueno que se podía encontrar en un país por entonces casi a las puertas del primer mundo.
Por último, ¡cómo me gustaban las tirillas o muñequitos del nuevo diario!: Rip Kirby, Juan el Intrépido, Pepita y, mucho más tarde, Benitín y Eneas. Pero nos queda Mafalda: esa mocosilla argentina, expresión de diversidad, imaginación y progreso, filosofita agudísima de a pie, merecidísimo símbolo de lo que ha sido este periódico a lo largo de sus 80 años de cívica reflexión.
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Hugo Mora Poltronieri es ensayista y profesor jubilado de la UCR.