A veces pasamos años luchando por alcanzar aquello que creemos que nos devolverá la tranquilidad, la libertad o el control sobre nuestra propia vida. Pero, ¿qué ocurre cuando, al conseguirlo, descubrimos que seguimos sintiendo un vacío? Tal vez el precio de llegar hasta donde queríamos sea más alto de lo que imaginábamos, o quizá confundimos alcanzar una meta con reparar las heridas que nos llevaron a perseguirla.
Esta contradicción nos invita a reflexionar sobre lo que estamos dispuestos a sacrificar para conseguir lo que deseamos y quiénes somos cuando, por fin, lo conseguimos.
Durante mucho tiempo, creemos que la vida se resolverá cuando alcancemos aquello que nos hemos propuesto. Nos convencemos de que, una vez superado el obstáculo, conseguiremos descansar; que, cuando dejemos atrás lo que nos hizo daño, recuperaremos la tranquilidad; que, cuando por fin tengamos la vida que imaginábamos, todo lo demás encontrará su lugar.
Hasta que, un día, llega ese gran momento. Lo conseguimos. Hemos tomado decisiones difíciles, soportado renuncias y resistido más de lo que pensábamos que podíamos soportar. Sin embargo, en vez de la satisfacción esperada, aparece una sensación incómoda y bastante más difícil de explicar: algo sigue faltando.
No siempre se trata de arrepentimiento. A veces, ni siquiera dudamos de lo que hemos hecho. Sabemos por qué luchamos y seguimos creyendo que teníamos motivos para hacerlo. Lo que descubrimos es algo que nos cuesta aceptar: conseguir lo que queríamos no nos devuelve necesariamente aquello que perdimos por el camino.
Hay una diferencia entre alcanzar una meta y reparar lo que nos llevó a perseguirla. Podemos cambiar de vida, salir de una situación que nos asfixiaba o demostrar que éramos capaces de hacer aquello que otros consideraban imposible. Sin embargo, ninguna victoria garantiza que desaparezcan las heridas que la hicieron necesaria.
Quizá por eso algunas decisiones nos acompañan mucho después de haberlas tomado. Esto sucede porque sus consecuencias no terminan cuando termina el conflicto. Permanecen en la forma en que miramos a los demás, en lo que somos capaces de perdonar, en aquello que ya no estamos dispuestos a tolerar y, sobre todo, en la persona en la que nos hemos convertido para llegar hasta aquí.
En mi libro, Tuve que matarlas a todas. Las identidades que te impiden ser quien eres, esa contradicción ocupa un lugar central: la distancia entre lo que una persona cree necesitar para recuperar el control de su vida y lo que está dispuesta a sacrificar para conseguirlo. La lucha por dejar atrás determinadas circunstancias puede convertirse, paradójicamente, en otra forma de quedar atrapada en ellas. No basta con preguntarse qué queremos conseguir; también importa qué estamos dispuestos a perder y qué parte de nosotros puede quedar irreconocible cuando, por fin, lo conseguimos.
Posiblemente, el error no consista en luchar por lo que deseamos, sino en depositar en esa conquista una promesa que ninguna meta puede cumplir: la de devolvernos intactos al lugar del que partimos. Por eso, cuando alcanzamos aquello por lo que tanto hemos luchado y seguimos sintiendo que falta algo, quizá debamos dejar de preguntarnos qué más necesitamos conseguir. Es muy probable que la pregunta sea otra: ¿qué esperábamos recuperar con esa victoria que nunca dependió únicamente de ella?
No todas las pérdidas pueden repararse ni todas las decisiones admiten un camino de vuelta, pero comprender el precio de lo conseguido puede ayudarnos a distinguir entre lo que todavía deseamos y aquello que llevamos años intentando compensar.
Algunas veces –o muchas– conseguimos exactamente lo que queríamos, y es entonces cuando descubrimos que la verdadera pregunta nunca fue si lo lograríamos, sino qué quedaría de nosotros cuando lo hiciéramos.
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Sonia Contreras es abogada, ‘coach’ y autora de ‘Tuve que matarlas a todas’.