A finales de los ochenta regresaron los exámenes de bachillerato, después de 15 años de ausencia, justo a tiempo para que mi generación tuviera que reestrenarlos. No era cuestión de tropezar en la última piedra, así que mi amiga Rebe y yo decidimos estudiar a conciencia.
Nos dieron un par de semanas libres en noviembre para prepararnos. Diseñamos unos programas de estudio impecables: dos horas para esto, tres para aquello. Todo estaba calculado con la precisión de reloj suizo. Yo llegaba a su casa, en Curridabat, a las nueve en punto. Estudiábamos una hora, hasta que nos entraba hambre y parábamos a tomar café con queque y tostadas. Después retomábamos los libros, almorzábamos y salíamos al patio a tomar aire.
Entonces aparecían los pericos. Se anunciaban con su característico “¡güí, grí, grá!” antes de cruzar el cielo en bandadas enormes. Rebe y yo imaginábamos de qué hablarían en esa caótica conversación. Tal vez del higuerón que servía los mejores almuerzos. O del poró donde se dormía de maravilla, aunque algunos preferían la palmera. Un perico repetía la misma historia de siempre. Una pareja discutía por dónde seguir y otro se quejaba de que siempre lo dejaban atrás.
Nosotras también teníamos mucho que contarnos. Hablábamos, nos reíamos, compartíamos confidencias y resolvíamos el mundo. Poco a poco, nuestras voces se mezclaban con las suyas y nos vencía el sueño. Al despertar, ya era la hora del café de la tarde. Nuestro programa de estudio sufrió algunas modificaciones y nos ganamos como un kilo por semana.
Pero, dichosamente, nos fue bien en los exámenes. Algo habremos aprendido durante aquellas jornadas, aunque sospecho que nos ayudó nuestra habilidad para responder preguntas de selección múltiple. No recuerdo casi nada de lo que repasamos, pero conservo intactas las conversaciones, las siestas y las tardes acompañadas por cientos de pericos.
Curiosamente, ese mismo año, otros pericos comenzaban a hacerse famosos. Eran argentinos, tocaban reggae y acababan de lanzar su primer disco. Después se hicieron famosos con canciones como Runaway y Párate y mira. Siempre me ha parecido un nombre estupendo para un grupo de música caribeña: tropical y escandaloso.
Años después, mi amiga inglesa Louise vino a visitarme. Un día empezó a agitar los brazos para mostrarme cómo volaban los pericos. Estaba fascinada por su aleteo rápido, casi frenético, mientras gritaban sin parar. Todavía me río cuando recuerdo su imitación. Había visto pericos desde niña, pero nunca me había fijado en aquella manera tan peculiar de moverse por el aire.
Durante los últimos meses, una pareja de pericos ha llegado a mi patio, siempre alrededor de las seis y media de la mañana. Se posa en el mismo árbol, anuncia su llegada sin ninguna discreción y, al cabo de un rato, desaparece. A veces saco los binoculares para observarlos, pero sigo sin saber de dónde vienen ni adónde van.
Me pregunto qué habrá sido de aquellas bandadas inmensas. ¿Habrán disminuido o, simplemente, cambiado sus recorridos?
Buscando alguna pista, encontré un estudio dirigido por Pedro Romero Vidal, publicado en 2025. Resulta que las transformaciones del paisaje afectan de manera distinta a los loros y pericos de Costa Rica: algunas especies se vuelven menos abundantes en ciertos ambientes modificados, mientras otras prosperan en las ciudades. Así que mis antiguos conocidos podrían seguir por ahí, haciendo su escándalo en otros lugares.
Y de los pericos terminé saltando al cerebro humano. Hace unos días, leí en BBC Mundo sobre una investigación canadiense que encontró diferencias en regiones cerebrales relacionadas con la atención y el reconocimiento visual entre observadores de aves expertos y principiantes.
Me acordé de Rebe. Teníamos que aprendernos montones de cosas para los exámenes, pero lo que más nos entretenía era escuchar a los pericos e imaginar sus conversaciones. Quién nos iba a decir que, casi 40 años después, los científicos estarían estudiando el cerebro de quienes observan aves.
Esta mañana llegaron mis dos visitantes, puntuales como siempre. Conversaron un rato en el árbol, hasta que emprendieron el vuelo con su algarabía habitual. Los seguí con la mirada mientras desaparecían detrás de los árboles.
Todavía no sé adónde van. Ni qué tanto tendrán que decirse.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
