Escribo como empresario, no como economista. Dirijo un grupo logístico regional con exposición directa al comercio exterior y al tipo de cambio, de modo que tengo interés en el resultado de esta discusión. No obstante, cada uno de estos seis argumentos se presenta de manera objetiva. La idea es que el lector pueda entender y, de ser necesario, debatir con fundamento la narrativa sobre la “economía jaguar”, con datos reales y desde el otro lado del mostrador.
Mito 1. El supercolón es la medalla de una economía fuerte
El colón se aprecia porque al país le va bien. El precio del dólar lo pone el mercado y el mercado está premiando a Costa Rica.
Lo que tiene de cierto. El FMI, en su artículo IV del 2026, atribuye parte de la apreciación a términos de intercambio favorables y al crecimiento de las exportaciones, la inversión extranjera y el turismo. El presidente del BCCR ha repetido que el colón se aprecia por las fuerzas del mercado. Esos fundamentos existen y no se discuten.
La otra cara. El modelo exportador de Costa Rica no nació en 2022. Lleva más de 40 años creciendo, desde la apertura de los años 80, con Cenpro (hoy Procomer), Cinde y el régimen de zonas francas, y lo hizo con un tipo de cambio estable o que subía de forma gradual y predecible: primero, con las minidevaluaciones; luego, con las bandas y después, con la flotación administrada. En cuatro décadas de éxito exportador, el colón nunca se apreció de golpe. Si las exportaciones y la inversión extranjera explicaran el supercolón, la apreciación habría sido lenta y acumulada a lo largo de esos 40 años.
El punto de quiebre tiene fecha. Entre mayo y octubre de 2022, el BCCR subió la TPM del 4% al 9%, con el dólar cerca de ¢700, cuando la tasa de la Reserva Federal de los Estados Unidos estaba por debajo del 4%. Ese diferencial atrajo de inmediato capital especulativo hacia los colones y, en pocos meses, el tipo de cambio dio un salto que cuatro décadas de exportaciones nunca habían producido. El mismo recuadro del FMI que se cita a favor de los fundamentos pone en primer lugar, para 2022 y 2023, el endurecimiento monetario doméstico como impulsor de la apreciación. Esa fue la chispa. Un error del BCCR que, a pesar de que miembros de su propia Junta Directiva lo señalaban internamente, se dejó sin atender por mucho tiempo.
Desde 2023, lo que se ha hecho es administrar una condición creada en vez de corregirla. Ese año, ante semejante tsunami de dólares especulativos, el BCCR empezó a comprar dólares por cuenta propia a una escala sin precedentes: $6.800 millones, y a esterilizar esas compras con Bonos de Estabilización Monetaria (BEM). La TPM se mantuvo alta mucho después de que la inflación cayera por debajo de la meta. El error de magnitud fue el de 2022; el de omisión es no haberlo revertido a tiempo.
Hoy el diferencial de tasas ya no favorece al colón, pero el nivel al que nos llevó ese error creó su propia trampa. Hoy el proveedor marginal de dólares es el exportador que factura en dólares, pero tiene que pagar planilla, impuestos y gastos en colones. No vende porque el precio le convenga; vende porque no le queda de otra.
Lo que hemos experimentado con el dólar no es un precio de mercado libre. Al 17 de julio de 2026, el BCCR había comprado el 64,4% de todo lo negociado en Monex, y el año 2026 ya es el de mayor intervención directa desde que existe la flotación administrada. El FMI reclasificó el régimen de Costa Rica como “estabilizado”.
Un precio que el Banco Central sostiene comprando dos de cada tres dólares es un precio administrado. No es un precio manipulado, pero tampoco es una medalla que el mercado nos entrega.
La prueba más reciente es de esta misma semana. El dólar subió a ¢460,45 el 1.º de octubre y el BCCR volvió a comprar $71,32 millones en operaciones de estabilización, la primera compra desde el 16 de setiembre. El viernes 9 cerró en ¢452,92.
Mito 2. La inflación baja es un logro que beneficia a todos
El Banco Central controló la inflación. Los precios no suben, el salario rinde más y el consumidor por fin respira.
Lo que tiene de cierto. El beneficio es real, inmediato y visible. Quien gana en colones y compra productos importados paga menos en vehículos, electrónica, viajes y parte del supermercado. Además, la inflación ya volvió a terreno positivo: en setiembre de 2026 fue del 0,34% interanual, después de 16 meses consecutivos en negativo. El BCCR atribuye buena parte de la deflación a factores externos, y es cierto que los precios internacionales de alimentos y energía pesaron.
La otra cara. El problema es que el BCCR tiene una meta establecida en el 3%, con un rango de tolerancia del 2% al 4%, y la inflación lleva 40 meses consecutivos por debajo de ese rango. No toca la meta desde abril de 2023. Un banco central con metas de inflación que falla hacia abajo durante más de tres años no está teniendo éxito. Sencillamente, está incumpliendo en una dirección que todavía nadie le reclama. El propio BCCR, en el acuerdo de 2018 con que adoptó el esquema, justificó la meta del 3% porque favorece el crecimiento, el empleo y la eficiencia. Por su propia doctrina, quedarse por encima o por debajo perjudica todo lo anterior.
El factor externo existe, pero no explica que Costa Rica sea un caso aislado. En julio de 2026 fue el único de los 38 países de la OCDE con inflación negativa: −0,28%, según el INEC, contra un promedio del 4,1% en la OCDE, del 3,5% en Chile y del 6% en Colombia. Todos enfrentaron los mismos precios internacionales. Lo que distingue a Costa Rica es un colón un 35% más caro, que abarata todo lo importado.
El beneficio del consumidor es el golpe del productor. El precio que baja para quien compra productos importados es el mismo precio contra el que compiten el agricultor, la pyme manufacturera y el operador turístico, que pagan sus costos en colones. La deflación no se está profundizando, sino diluyendo por efecto base, y el regreso a terreno positivo vino de los precios del petróleo por el conflicto en Oriente Medio, no de una corrección monetaria. Lo que desaparece del Índice de Precios al Consumidor (IPC) es la tasa de caída. Lo que no desaparece es el precio relativo adverso que enfrenta el productor de bienes y servicios transables, que sigue ahí.
Mito 3. Los dólares sobran porque exportamos e invertimos como nunca
Récord de exportaciones, más de $5.000 millones de inversión extranjera por año: la abundancia de divisas es el premio a un país atractivo.
Lo que tiene de cierto. En 2025, las exportaciones de bienes superaron por primera vez los $20.000 millones. Entre enero y julio de 2026 sumaron $13.821 millones, un 5% más que un año antes, y crecieron en todas las regiones del país. La inversión extranjera directa fue de $5.121,8 millones en 2025, la segunda vez seguida por encima de $5.000 millones. Son cifras reales y buenas.
La otra cara. Primero, el tipo de cambio no lo mueve lo que el país exporta, sino lo que se vende en Monex. Según el Informe de Política Monetaria de julio de 2026, el superávit del mercado cambiario lo explican las ventas netas de las empresas de regímenes especiales, mientras que los hogares y el régimen definitivo fueron demandantes netos de dólares. Si la abundancia viniera de un auge exportador amplio, el régimen definitivo estaría vendiendo dólares, no comprándolos.
Segundo, el ritmo se está frenando. A julio de 2025, las exportaciones de bienes crecían un 16,7%; a julio de 2026 crecen un 5 % y las de zona franca, un 4%. El BCCR proyecta, además, una caída de las exportaciones de servicios en 2026.
Tercero, una parte de la abundancia es pura matemática. La planilla nacional que reporta la CCSS fue de unos ¢14,57 billones en 2022 y de ¢16,16 billones en 2024, un 10,9% más en colones. Medida en dólares, pasó de $22.446 millones a $31.316 millones, un 39,5% más. Si la planilla en colones no hubiera crecido nada, en dólares igual habría subido a unos $28.200 millones solo por el tipo de cambio.
Cerca de dos tercios del aumento en dólares es apreciación, no más empleo ni mejores salarios. Quien paga esa planilla con ingresos en dólares tiene que vender más dólares cada mes para cubrir lo mismo.
El mercado cambiario lo confirma por otro lado: el sobrante diario de Monex creció cerca de un 8% medido en dólares entre los primeros 137 días hábiles de 2025 y de 2026, pero, valorado en colones, fue de ¢14.929 millones en 2025 y de ¢14.927 millones en 2026. Es el mismo sobrante, medido con una regla que se encogió.
Cuarto, la inversión extranjera no es lo que parece. En 2025, el 84% fue reinversión de utilidades ($4.328 millones) y el capital nuevo bajó un 18%, a unos $891 millones. La inversión desde Estados Unidos cayó de $3.982 millones a $2.600 millones.
En 2026, la cifra récord de $5.940,5 millones del primer semestre incluye $3.250 millones de la compra de los negocios de Fifco por Heineken: un cambio de dueño de empresas que ya existían, no fábricas nuevas. Sin esa operación, el semestre suma $2.739,6 millones y, en el segundo trimestre, creció apenas un 1,4 %.
Una precisión de método: en la balanza de pagos, la reinversión de utilidades se registra como entrada, aunque ningún dólar cruce el mercado cambiario. No puede usarse para explicar la oferta de dólares en Monex.
Mito 4. Las reservas récord son el blindaje del país
Con más de $20.000 millones en reservas, Costa Rica está protegida ante la guerra, el petróleo caro y cualquier salida de capitales.
Lo que tiene de cierto. Las reservas son reales y útiles. Al 17 de agosto de 2026 sumaban $20.786,6 millones, más del triple de los $6.559,9 millones del mismo día de 2022. Con un entorno externo más riesgoso, un colchón amplio da tranquilidad, y el propio presidente del BCCR anunció en julio que el Banco revisaría al alza el nivel que considera adecuado.
La otra cara. Primero, el blindaje no es gratis. Las reservas se acumularon emitiendo deuda en colones (BEM). La deuda del BCCR pasó de $2.815 millones en 2022 a $8.737 millones en 2024, y en 2025 el Banco pagó ¢262.900 millones en intereses. Cada dólar comprado y esterilizado con BEM cuesta la diferencia entre la tasa del bono y el rendimiento de la reserva, más la pérdida contable cada vez que el colón se aprecia.
Esa factura ya está en el balance. El patrimonio del BCCR es negativo desde los años setenta y ochenta, pero en diciembre de 2022 era de −¢2,47 billones y en febrero de 2026 llegó a −¢2,86 billones: ¢390.000 millones más de deterioro, unos $830 millones al tipo de cambio de hoy. Su mayor componente es el déficit por estabilización monetaria.
Hay que decir también lo que juega a favor: las pérdidas anuales bajaron de ¢286.000 millones en 2023 a ¢42.000 millones en 2025. El hueco crece más despacio, pero no se está cerrando.
Y cabe otra advertencia de método: medido en dólares al tipo de cambio de cada fecha, el patrimonio pasaría de unos −$4.100 millones a −$6.100 millones, pero cerca del 60% de ese salto sería apreciación, el mismo espejismo de la relación deuda/PIB en sentido contrario.
Segundo, el propio Banco ya dijo que las reservas equivalían al 176% del nivel mínimo adecuado definido por su Junta Directiva. El BCCR no compra dólares para reservas desde marzo de 2026. Las compras que siguen son de estabilización o por cuenta del sector público no bancario.
Si las reservas ya sobran, lo que hoy se compra no es blindaje: es el precio del dólar, que sin la intervención del BCCR bajaría a niveles absolutamente ridículos.
Mito 5. El empleo está bien: el desempleo no sube
La tasa de desempleo ronda el 7% y no muestra cambios significativos. Si el colón fuerte destruyera empleo, se vería en las cifras.
Lo que tiene de cierto. Es cierto que la tasa no se disparó. En el segundo trimestre de 2026 fue del 7%, por debajo del 7,4% de un año antes, y el INEC estimó 29.000 personas ocupadas más. Las variaciones no son estadísticamente significativas, y eso también hay que decirlo.
La otra cara. La tasa de desempleo es el indicador que menos se mueve, porque quien pierde el empleo y deja de buscar sale de la estadística. La tasa de ocupación está en el 50,8%: apenas la mitad de las personas en edad de trabajar tiene empleo, contra el 56,1% antes de la pandemia.
En el trimestre de junio a agosto de 2026, los desempleados aumentaron de 137.497 a 157.364, y esa variación sí es estadísticamente significativa.
Tampoco todo empleo es igual. Más de un tercio de quienes trabajan –el 36 % en el segundo trimestre de 2026, unas 785.000 personas– lo hace en la informalidad, y a inicios del año, la cifra rondaba el 38%. Ese no es empleo para crecer; es empleo para sobrevivir. No cotiza a la Caja, no da acceso a pensión ni a seguro de riesgos del trabajo y deja fuera de las garantías sociales del país justamente a quienes más las necesitan. Más de ocho de cada diez trabajadores independientes son informales.
Y tiene un costo que no aparece en ninguna estadística: compite en condiciones desiguales con la empresa formal que hace el mismo trabajo, pero que paga cargas sociales, impuestos, pólizas y permisos. Esa empresa ya está pagando su planilla con un dólar que rinde un 35% menos en colones que en 2022. Con el margen comprimido por el tipo de cambio de un lado y la competencia informal del otro, la formalidad se vuelve un lujo que cada vez menos empleadores pueden pagar.
Aprovecho el momento para una aclaración que hay que hacer antes de que la hagan otros: la tasa de informalidad bajó desde 2022, cuando rondaba el 44%. Pero no bajó porque esas personas se formalizaran. Según el propio INEC, en 2023 la caída de la ocupación se explicó por la pérdida de puestos informales, mientras el empleo formal se mantuvo relativamente estable. En un año, hubo unas 176.000 personas menos en empleo informal y la fuerza de trabajo se redujo en 253.000. La informalidad no se curó: salió de la estadística junto con quienes dejaron de buscar trabajo.
El dato que cambia la discusión viene de la CCSS. En julio de 2026, las zonas francas tenían 200.203 asalariados, 2.205 menos que un año antes. Es la primera vez que se registra una caída interanual desde 2020. Los servicios empresariales perdieron 3.034 puestos y la manufactura lleva 15 meses estancada en unos 74.000. Ese es el patrón que predice el mecanismo del proveedor marginal: el golpe cae primero donde casi todo el costo se paga en colones.
Hay otros factores, y la atribución a una sola causa siempre es errónea: aranceles, despidos globales y automatización. Pero todos los países los enfrentan. Lo que distingue a Costa Rica es el costo en dólares de una planilla en colones. La Asociación de Zonas Francas estima que la apreciación elevó hasta un 30% los costos de operación del régimen.
Mito 6. La deuda está controlada: la relación deuda/PIB lo demuestra
Gracias a la disciplina fiscal, la deuda se estabilizó cerca del 60% del PIB, y las calificadoras lo reconocen.
Lo que tiene de cierto. La consolidación fiscal desde la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas de 2018 (Ley 9635) es un logro real, y las calificadoras lo valoran. La baja más fuerte del indicador fue genuina: entre 2021 y 2022, la deuda pasó del 67,0% al 61,4% del PIB, con un superávit primario cercano al 2% del PIB y un PIB nominal inflado por la inflación de ese año. También es cierto que la deuda externa del Gobierno Central bajó del 14,8% al 13,4% del PIB entre agosto de 2025 y agosto de 2026, aunque en el mismo periodo la deuda total subió del 57,9% al 61,1%.
La otra cara. Desde que el colón empezó a apreciarse, a mediados de 2022, el indicador tiene trampa. Una parte de la deuda está en dólares y, con un colón apreciado, esa deuda se convierte en menos colones, aunque su saldo en dólares aumente. Entre 2022 y 2025, la deuda externa del Gobierno Central pasó de unos $11.777 millones a $15.511 millones, un tercio más en dólares, y aun así, como proporción del PIB, bajó del 15,7% al 15,0%. Se deben más dólares, pero el indicador muestra menos. Mientras tanto, el superávit primario que había sostenido la baja de 2022 se redujo del 2% a cerca de medio punto del PIB. Desde entonces, lo que contiene el indicador ya no es la disciplina fiscal, sino el tipo de cambio.
Lo que los seis tienen en común
Los seis indicadores mejoran cuando el colón se aprecia: los dólares rinden más en el papel, las importaciones bajan de precio, las reservas se acumulan y la deuda pesa menos medida contra el PIB. Por eso se celebran juntos. Ninguno mide el margen del exportador, el empleo formal que no se creó o el costo de los BEM que sostienen el precio. No hace falta suponer mala fe de nadie. Simplemente, hay que notar que cada institución es evaluada con su propio tablero y que en ningún tablero aparecen las variables que hoy se están deteriorando.
¿Cómo perdemos menos?
El espacio para tomar medidas de corrección para mitigar una catástrofe económica se agota, aunque lentamente. Dicen que hay dos buenos momentos para sembrar un árbol: el primero fue hace 20 años y el segundo es ahora. De la misma forma, hay dos buenos momentos para corregir este problema. El primero fue en 2022, con una TPM acorde con el contexto de un planeta pospandemia y, como mínimo, alineada con la de los demás países de la OCDE. El segundo es ahora. Todavía podemos tomar medidas que podrían reducir el impacto de una corrección forzada desde afuera.
Primero, bajar el encaje mínimo legal en colones definitivamente por debajo de los dos dígitos. Hoy está en el 15%, el máximo que la ley permite sin costo para el Banco Central, y antes de julio de 2022 estaba en el 12%. Liberar esos recursos abarata el crédito en colones sin costo financiero para el BCCR.
Segundo, darle poder liberatorio al dólar para el pago de impuestos, cargas sociales y cargos gubernamentales. Hoy las empresas que facturan en dólares tienen que convertirlos a colones para pagarle al Estado, mientras el Estado tiene que comprar dólares para pagar su deuda externa. Es un viaje redondo por Monex que no le sirve a nadie y que presiona el tipo de cambio en el trayecto.
Tercero, que el BCCR publique cada trimestre, en un informe específico y accesible, cuánto compró en operaciones de estabilización, cuántos BEM emitió, a qué tasas y cuál es el costo para su patrimonio.
Cuarto, que defina públicamente el nivel adecuado de reservas y cuándo se detiene su acumulación, de modo que toda compra por encima de ese nivel tenga que justificarse.
Quinto, que el BCCR explique públicamente cómo su postura actual se concilia con el objetivo que le asigna el artículo 2 de su propia ley: promover el ordenado desarrollo de la economía costarricense a fin de lograr la ocupación plena de los recursos productivos de la nación.
Sexto, que cuando cambie la fecha en que espera cumplir su meta de inflación, lo anuncie como lo que es: un aplazamiento. Además, que explique qué fue lo que se supuso mal la vez anterior.
Nada de esto requiere que el Banco Central acepte que se equivocó en 2022. Solo requiere que le diga al país, con números y con fechas, cuánto cuesta la decisión que está tomando hoy.
amalpizar@rexcargo.com
Álvaro Alpízar Antillón es empresario.
