Romper los silencios desde adentro del chavismo –una maquinaria de verborrea más que de políticas públicas coherentes y dialogadas– no es poca cosa, pues la autocensura en nuestro país provoca que pocos de los expulsados del chavismo quieran “comprarse broncas” con los gobernantes de turno.
Gracias al método periodístico, Patricia emprendió una maratón de investigación que dio lugar a la publicación de Las máscaras del presidente (2025), y luego, Y nos tocó resistir (2026). Ambas obras son de consulta obligatoria para responder a esta pregunta: ¿cómo cubrir periodísticamente a aquellos gobiernos que desacreditan la democracia y, a la vez, amenazan a quienes piensan distinto?
¿Valen todas las opiniones por igual? Es decir, ¿toda declaración emanada de un gobierno que despotrica contra los magistrados, la oposición y también la prensa profesional tiene el mismo valor de cara a su publicación, tal cual, por un medio de comunicación, independientemente de su ideología?
Detrás de esas declaraciones incendiarias, ¿importan las políticas públicas para resolver los problemas de la gente o solo importa la victoria discursiva, una realidad populista que también debería recordársele a la audiencia en la misma noticia?
Antes que repetir el odio semántico del actual gobierno y del anterior, el periodista costarricense debe basarse en datos, antecedentes, contexto y proyección de los hechos. ¿O debe limitarse a publicar la ira de don Rodrigo Chaves, doña Laura Fernández y su asesora en la sombra, doña Pilar Cisneros?
Desde el año 2024, la hoy presidenta Fernández ya se había subido a ese circo de “no ser, sino solo parecer”, cuando aceptó simular ante las cámaras de televisión la firma de un decreto en su condición de ministra. Se trató de un engaño igualmente discursivo frente a la ciudadanía.
Durante los meses que ocupó el cargo de ministra, la periodista Navarro Molina empezó a reunir evidencias sobre el autoritarismo y las que ella consideró “ilegalidades” dentro de Casa Presidencial. Grabó con su celular conversaciones de funcionarios –incluido el hoy expresidente Chaves– sobre situaciones en las que mediaba el interés público, el plato fuerte del periodismo.
Luego compartió esas pruebas con el periódico La Nación, donde había trabajado décadas atrás. No se quedó ahí: publicó dos libros de cerca de 300 páginas cada uno.
Por cierto, en uno de ellos, la autora se pregunta si la conducta de Chaves responde a un síndrome que, entre otros síntomas, se manifiesta en el modo mesiánico de hablar, la autoglorificación y la falta de rendición de cuentas ante los mortales.
Siguiendo esa teoría, solo los verdaderos mártires y santos son dignos de los altares chavistas, siempre y cuando no rompan el silencio.
alevajo@gmail.com
Alejandro Vargas Johansson es periodista y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).