Resulta preocupante que, en medio de la polarización que experimentamos, quien levanta su voz para procurar un trato digno hacia las personas privadas de libertad termine convertido en objeto de burlas, descalificaciones o sospechas, como si defender los derechos de un ser humano equivaliera a justificar sus delitos.
La Iglesia la lleva a la práctica mediante la pastoral penitenciaria, una labor que acompaña espiritualmente a las personas privadas de libertad, pero que también procura atender las necesidades pastorales de los funcionarios penitenciarios, policías y personal administrativo. Una especie de parroquia intracarcelaria.
El sentido de la condena y la prisión
En 2020, el papa Francisco recordó en su encíclica Fratelli tutti, numeral 269: “Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante”.
San Juan Pablo II, en su mensaje para el Jubileo en las cárceles, del 9 de julio de 2000, manifestó: “La pena y la prisión tienen sentido si, mientras afirman las exigencias de la justicia y desalientan el crimen, sirven a la renovación del hombre, ofreciendo a quien ha errado una posibilidad de reflexionar y de cambiar de vida”.
Benedicto XVI, durante su visita a la cárcel romana de Rebibbia, el 18 de diciembre de 2011, manifestó: “Sois siempre hijos de Dios. Y el mismo Hijo unigénito de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio ante un tribunal y sufrió la más feroz condena a la pena capital. Y agregó: “Los reclusos son seres humanos que merecen, no obstante su crimen, ser tratados con respeto y dignidad”.
Reflexionemos antes de elevar la polarización
A quienes poseen la autoridad de preservar el orden en esos centros, les recuerdo que deben hacerlo desde el marco de los derechos humanos. La firmeza no necesita de la humillación.
En Fratelli tutti número 269, Francisco reafirmó: “Nadie puede ser privado de la posibilidad de redimirse”. León XIV recordó recientemente: “El pasado no condena el futuro, sino que ofrece la oportunidad de cambiar decisiones y elecciones”.
Quise iluminar lo que vive el país desde el Magisterio de la Iglesia. Dejemos los ataques personales y concentrémonos en la persona, en su dignidad y en su desarrollo. ¿No es ese el pacto social que nos caracteriza como país?
Cierro con la frase que más me impactó en mi búsqueda y la manifestó, no una, sino muchas veces, el papa san Juan Pablo II: “La peor prisión es un corazón cerrado”.
gersalma@yahoo.com
Germán Salas M. es periodista.