En la Puerta del Sol, un aguacero casi tropical había inundado el pavimento. Sobre las tiendas de campaña se extendían grandes toldos blancos, tensados por cuerdas. Debajo, las lonas azules y verdes, los carteles escritos a mano y la gente reunida componían una pequeña comunidad improvisada. Al fondo se alzaban el reloj de la plaza y la estatua ecuestre de Carlos III. Allí protestaban contra los alquileres inaccesibles, los desahucios y la especulación inmobiliaria. Los turistas seguíamos esquivando charcos, casi al margen de aquel otro Madrid.
Pensé en nuestras hijas, que están a punto de terminar el colegio. Han tenido una buena educación y oportunidades que muchos jóvenes no conocen. Sin embargo, también ellas se preguntan qué estudiar cuando las profesiones cambian tan rápido, dónde construir una vida y qué planeta encontrarán dentro de 30 años.
No todos los jóvenes enfrentan las mismas dificultades ni cuentan con las mismas oportunidades. Pero incluso entre quienes han tenido la fortuna de crecer con ellas, el futuro ha dejado de parecer un camino claro.
Quienes nacimos en los 70 tampoco crecimos libres de amenazas. Había guerras y crisis económicas. Quizá la diferencia estaba en una confianza más extendida: estudiar y trabajar permitiría, con suerte y esfuerzo, vivir mejor que nuestros padres. En Costa Rica, esa esperanza tuvo bases concretas. La educación pública, la seguridad social y las oportunidades de ascenso sostuvieron a muchas familias y ensancharon la clase media.
Esa no fue una conquista definitiva. El Estado de la Educación advierte sobre aprendizajes insuficientes que limitan las posibilidades de quienes apenas comienzan. Celebramos inversiones y empleos sofisticados mientras demasiados estudiantes quedan lejos de las herramientas para acceder a ellos.
Y ahora, cuando Limón enfrenta una de las tasas de homicidios más altas del país, el Instituto Tecnológico de Costa Rica advierte sobre el posible cierre de su sede en esa provincia por un recorte presupuestario. ¿No es precisamente allí donde más deberíamos fortalecer las oportunidades educativas? Para muchos jóvenes, perder esa sede podría significar abandonar sus estudios. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para transformar el mundo y, sin embargo, parece que cuesta cada vez más asegurar lo elemental.
Hace pocos días escuché a Jaime Ordóñez y José Manuel Arroyo conversar sobre justicia en el pódcast “La Telaraña”. Me quedó dando vueltas la idea de la justicia distributiva: no basta con que una sociedad produzca riqueza; importa cómo reparte sus beneficios y oportunidades. El mercado puede generar prosperidad sin que esta alcance a todos.
Por eso, necesitamos algo más que buenos indicadores económicos: instituciones sólidas, servicios públicos de calidad y disposición a reconocer las dificultades ajenas. La solidaridad no debería ser solo un gesto de generosidad ocasional; también es una forma de organizar la convivencia.
¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en oportunidades que quizá no disfrutarán nuestros hijos, sino los hijos de otros? No podemos prometer a los jóvenes un mundo sin sobresaltos, pero tampoco basta con aconsejarles esfuerzo y paciencia mientras postergamos decisiones sobre educación, vivienda y oportunidades. La incertidumbre que nace de los cambios del mundo es una cosa; la que fabricamos con nuestra indiferencia es otra.
Por eso recuerdo los toldos sobre las tiendas en la Puerta del Sol. No como imagen de derrota, sino de una comunidad que, incluso bajo la lluvia, cree que vale la pena hacerse escuchar. Quizá esa sea la lección de aquella plaza: quienes vienen después no nos piden que les regalemos el futuro. Nos piden que no les cerremos el camino antes de que puedan recorrerlo.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.