Al desayuno, cada quien tomaba dos o tres bollitos de pan, les untaba mantequilla y agregaba rodajas de mortadela. De pie ante la mesa, él colocaba las tazas para el café y yo me servía a mis anchas de aquel manjar (no siempre había mortadela). En eso, mi mamá pasó al lado y señaló de buen modo que el pan y la mortadela debían alcanzar para todos.
Tuve una reacción impulsiva: tomé la que me había servido y la tiré en el mantel. Ipso facto, sentí un manotazo en mi espalda, seco, fuerte, contundente. Sin decir palabra, él dio media vuelta y salió hacia el trabajo. No hubo reproche, sermón ni explicación posterior, pero entendí la lección. El alimento es sagrado y es en la mesa familiar donde se adquieren las buenas formas, la consideración y el respeto, donde se aprende a compartir lo que hay y los valores supremos.
He escrito en numerosas ocasiones de mi infancia y adolescencia en el seno de una familia austera, donde nunca faltó nada, gracias a la devoción de padre y madre entregados a la prole. Todo para sus hijos; poco, casi nada, para ellos. Sin embargo, por pena o pudor, hasta el sol de hoy no había confesado a nadie el proceder de un maestro que continúa enseñando desde la eternidad.
Lo hago ahora, convencido de que una experiencia íntima y particular como esta es un claro ejemplo de que la lumbre hogareña ofrece el aprestamiento para la vida. Después sigue la educación formal.
Pertenezco a la generación de los años cincuenta y a la educación pública, primaria, secundaria y universitaria, caudales invaluables que forjaron los propulsores de la Segunda República, un sistema social y democrático ahora en tela de duda por los cantos de sirena de autoridades gubernamentales que alientan el borrón y cuenta nueva, en vez de la revisión y el mejoramiento del Estado en salvaguarda de la institucionalidad.
Hoy, ante el vacío enorme en la educación pública, cuyas consecuencias percibimos cada vez más por causa de medidas reduccionistas de los gurús de la macroeconomía, cada hogar –donde exista, porque no siempre una casa es un hogar– debe convertirse en bastión de identidad contra el tufo populista inédito que contamina y polariza a la sociedad, como si aquellos fueran los buenos y quienes pensamos diferente, los malos de la película.
La intolerancia, los discursos de odio, la falsedad y el cinismo se volvieron monedas de curso común, en un claro desdén por los mecanismos sociales y culturales que nos caracterizaban como un país capaz de sobrellevar las diferencias con el ánimo de la concertación.
La discusión pública en torno a los modos de encarar una crisis de valores, como la que se vive ahora, ha desviado la atención de los verdaderos gérmenes que nos afectan, una mala hora extendida en medios de comunicación y en redes sociales que convierten la portentosa tecnología celular en caldo de cultivo de la degradación social.
El alimento es sagrado. En una memorable entrevista cinematográfica del Centro de Cine, entre los años 1978 y 1981, José Figueres Ferrer, al evocar el rigor del hogar austero en el que creció, el legendario personaje del siglo XX expresa: “En mi casa, si un trozo de pan caía de la mesa, había que juntarlo y besarlo, en señal de desagravio”.
Un hombre trabajador partió a la oficina sin desayunar, aquella mañana lejana y perdida en los calendarios, dolido por haber levantado la mano contra el segundo de sus cinco hijos. Mas su actitud de corrección no cayó en el vacío; qué va, lo suyo fue una acción responsable, ejemplar e indeleble, una lección sempiterna.
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Roberto García H. es periodista y comunicador.