Desde 2021, la economía costarricense ha caminado entre luces y sombras.
Por un lado, la reactivación tras la pandemia, la disciplina fiscal y el control de la inflación nos devolvieron a terreno firme. Por otro, han emergido nuevas tensiones que amenazan nuestro ritmo.
Para proteger la inversión y el empleo, no basta con mirar las cifras agregadas: debemos entender la filigrana entre el tipo de cambio, las decisiones estratégicas de las multinacionales, los giros comerciales en EE. UU. y la irrupción de la inteligencia artificial (IA).
El gran desafío radica en conectar esa estabilidad económica con la realidad operativa de nuestras zonas francas, asegurándose de que sigan siendo motores de empleo y productividad.
Para tomarle el pulso a estas tensiones, vale la pena empezar por lo que realmente importa: el sustento de miles de familias y la capacidad exportadora del país. Las zonas francas continúan siendo un pilar fundamental en la generación de empleo directo, tanto en servicios como en manufactura avanzada.
Por el lado de la canasta exportadora, el sector de equipo de precisión y médico encabeza las ventas externas del régimen, secundado por las industrias alimentaria y eléctrica-electrónica. Esta radiografía subraya una prioridad clara: debemos blindar y fortalecer nuestras capacidades en ciencias de la vida, sin descuidar el terreno ganado en otros sectores.
Las presiones sobre la competitividad
Entender el peso de esta estructura explica por qué es vital revisar el entorno operativo de las empresas. El primer factor en el radar es el tipo de cambio. Un colón fuerte abarata las importaciones y ayuda a contener la inflación, pero incrementa los costos fijos medidos en dólares (salarios, alquileres y servicios locales).
Los servicios exportables –altamente intensivos en planilla local– son los más expuestos a esta marejada cambiaria. Al reducirse la razón de precios de factores transables a no transables (PT/PNT), los costos laborales en colones se encarecen al medirlos en dólares, restando competitividad exportadora.
Por el contrario, en la manufactura médica, la ecuación es distinta: el éxito descansa sobre talento especializado, proveedores de confianza, infraestructura de punta y estándares de calidad. A la hora de decidir si una planta permanece o se expande, estos pilares estructurales suelen pesar más que la volatilidad cambiaria.
Más allá del colón: estrategia global y geopolítica
La volatilidad del tipo de cambio es solo una pieza del rompecabezas. El caso de Intel nos enseña que las decisiones corporativas responden a ajedreces globales: la reorganización de sus plantas en Asia obedeció a una reestructuración internacional de capital y capacidad. Atribuir este tipo de movimientos únicamente al tipo de cambio local o a la IA carece de rigor analítico.
A esto se suma el frente internacional: la política comercial de EE. UU. introduce incertidumbre mediante investigaciones sectoriales que obligan a evaluar posibles barreras de acceso o reubicaciones estratégicas.
La IA y el futuro de las tareas
En medio de este escenario, la pregunta obligada es: ¿cómo puede la inteligencia artificial impulsar la productividad sin comprometer el empleo? La respuesta está en descomponer el trabajo en tareas. Algunas actividades rutinarias se automatizarán, pero en la mayoría de los casos, la IA actuará como un copiloto: reduciendo errores, agilizando procesos y amplificando el talento humano.
En dispositivos médicos, por ejemplo, la IA permite procesar y organizar volúmenes masivos de documentación técnica previo a la revisión humana. Liberar horas de trabajo no equivale a recortes de personal, sino a oportunidades para absorber mayor volumen de negocio o reasignar talento a tareas de mayor valor. Ganar tiempo solo genera valor real si alivia un cuello de botella o atiende mayor demanda; de lo contrario, queda en un espejismo operativo.
De la teoría a la acción empresarial
Para tomar decisiones firmes ante la incertidumbre, la clave es probar hipótesis a escala real mediante la simulación de escenarios:
1. Medir antes de escalar. Cualquier innovación tecnológica o reestructuración debe compararse contra una línea base clara, sopesando costos de integración y capacitación frente a ganancias en calidad y tiempo.
2. Ecosistema de soporte. Las empresas necesitan un entorno nacional que ofrezca infraestructura de primera, seguridad jurídica, talento calificado y encadenamientos locales confiables.
El objetivo final no es adivinar el futuro, sino construir operaciones flexibles y resilientes. Cuando los riesgos se miden con datos y las estrategias se adaptan con agilidad, la incertidumbre deja de ser un factor de parálisis para convertirse en un espacio de diferenciación frente a la competencia.
oswald.cespedes@gmail.com
Oswald Céspedes Torres es economista.
