Soy su lazarillo. Las buenas personas que nos saludan de mañana en nuestra infaltable vuelta a la manzana, notan sus ojitos de niebla y lo acarician con discreta ternura. Él y yo nos hemos vuelto conocidos en el barrio a fuerza del ritual de nuestro paseo cotidiano; para él, una alegría indescriptible.
No tardo en levantarme del desayuno a buscar el arnés, la correa, bolsitas para excretas y las llaves del portón, cuando la casa se llena con sus latidos y pequeños saltos de festividad e impaciencia: “Vamos, vamos, vamos”.
Me jubilé hace diez años. Sin que nos lo hubiéramos propuesto, apareció en nuestras vidas por simple casualidad.
Rápidamente, se estableció entre él y yo una corriente de empatía de forma tan espontánea como inexplicable, desde la óptica simplista de quienes piensan que la amistad y los sentimientos son valores exclusivos de los humanos y pasan por alto escenas que han visto u oído en las que la lealtad de seres como él crea con nosotros una conexión extraordinaria. Tirale un hueso, tirale un hueso, pobre sabueso, qué flaco está. Lo tengo renco, un poco enfermo, pero me sigue sin protestar… (“Zapatos rotos”, Los Náufragos, de Argentina, 1969).
Después de las carreras, la ofuscación laboral y la rigidez de los horarios a lo largo de medio siglo, instalé una luz cenital sobre el sofá y opté por reanudar mis lecturas postergadas. Volví a la recreación lúdica en Rayuela de Cortázar; al sopor de la siesta en el mítico Macondo de García Márquez; al inquietante silencio de Comala en Pedro Páramo y, con él a mi lado, repasé la agonía de horas lentas y el sentir de Martín Santomé sin Laura Avellaneda, personajes en La Tregua, de Mario Benedetti. (“Hoy tengo tiempo, qué haré con él”.).
Si leo en la sala, duerme plácidamente a mi lado; si escribo en el computador, ahí está él, al pie del escritorio. Y en la mesa del comedor compartimos pequeños manjares de pollo asado, jamón de pavo, chineos y otras delicias que acostumbro alternar con su alimento de paquete “para razas pequeñas y ejemplares adultos”.
Cada vez que salimos a pasear, procuro no tropezar ni lastimarlo si se me enreda entre la correa y mis zapatos. Más que su errático andar, el peligro acecha por causa del desastroso estado de las aceras, llenas de huecos y de trampas a ras del suelo; son restos de metal de las señales de tránsito que “piedreros” y menesterosos arrancan de cuajo para ofrecerlas a cualquier precio en talleres mecánicos de fundidores sin escrúpulos.
Siento su presencia. Siempre está conmigo, en espacios de serenidad o entre el vértigo y la distorsión de las llamadas redes sociales que en teoría nos acercan, pero que, en realidad, no van más allá de la polarización de las mentiras verdaderas y los embustes del ruido y la orfandad colectiva.
La ciencia veterinaria poco o nada puede hacer por su condición de salud, entre muchas razones, por su avanzada edad. Paradójicamente, como si un arrebato de realismo mágico le hiciera emerger de las páginas de Saramago en el Ensayo sobre la ceguera, él oficia de motivador y alivio con sus ejemplos cotidianos de aceptación, resiliencia y lealtad incondicional.
Por eso y más, nuestros roles anónimos entre multitudes se intercambian con frecuencia y él se convierte en mi lazarillo en la vigilia, en la ofuscación o durante el reposo, en mañanas luminosas o en sensaciones vespertinas de evocación y nostalgia. Él siempre está a mi lado, porque es guía, centinela y un amigo fiel. Bendita sea su luz.
roberto.comunic@gmail.com
Roberto García H. es periodista y comunicador.