El uso de la terminología para describir el conflicto en Oriente Medio es sumamente importante a la hora de transmitir a los observadores mensajes sobre lo que está ocurriendo. Una de las distorsiones más flagrantes es la forma en que se presenta el conflicto palestino-israelí al describir muchas actividades simplemente como propalestinas.
Seamos claros: no hay nada intrínsecamente malo en describir algo como propalestino, siempre y cuando esa descripción refleje con precisión su naturaleza. El activismo propalestino puede reflejar la necesidad de mejorar las condiciones de vida de los palestinos, lo cual podría incluir una variedad de cuestiones: mayor seguridad, mejores oportunidades económicas, mayor libertad de expresión, más oportunidades para desarrollar su autonomía con la posibilidad de crear un Estado independiente y mayor protección frente a los extremistas judíos.
Todas estas son preocupaciones legítimas que justifican la denominación de propalestinas. Determinar quién es responsable de estos desafíos y quién está en mejores condiciones de mejorar la situación es una cuestión compleja que involucra a múltiples actores potenciales. Estos deberían ser temas de un debate serio.
Lamentablemente, y con demasiada frecuencia, en las manifestaciones celebradas en todo el mundo después del 7 de octubre de 2023, lo que se caracteriza como propalestino sería más preciso describirlo como antiisraelí, con el claro propósito de deslegitimar al Estado judío y, muchas veces, de alentar o justificar la violencia contra los israelíes y los judíos.

Los carteles con frases como “Desde el río hasta el mar” o “por todos los medios necesarios” reflejan un intento de justificar el apoyo a la destrucción del Estado judío o de justificar la violencia del 7 de octubre.
No son simples palabras; tienen implicaciones que se remontan a una larga historia.
Los palestinos suelen referirse al periodo de 1947–1949 como la Nakba, o la “catástrofe”, cuando muchos abandonaron sus hogares o fueron expulsados de ellos durante la fundación de Israel. La Nakba se considera una expresión clásica del lenguaje propalestino, pero quienes utilizan el término a menudo no comprenden por qué la situación palestina sigue sin resolverse.
Entonces, como ahora, el liderazgo palestino estaba mucho más interesado en culpar al Estado judío que en examinar con honestidad los fracasos de su propio liderazgo.
Cuando, en 1947, la ONU dividió la Palestina del Mandato Británico en dos Estados, uno judío y el otro árabe palestino, ninguna de las partes quedó particularmente satisfecha con lo que recibió.
Pero el liderazgo judío –especialmente tan poco tiempo después del asesinato de seis millones de judíos durante el Holocausto– básicamente dijo que no era el momento para discutir minucias y no rechazó el plan de partición, aunque este no le otorgaba a Israel el control de Jerusalén –la ciudad más sagrada para el pueblo judío– ni fronteras fáciles de defender. A pesar de las enormes deficiencias, era el momento de comenzar a reconstruir la nación judía en la tierra histórica ancestral del pueblo judío.
Mientras tanto, los árabes que vivían en la Palestina del Mandato, alentados por el vasto conjunto de países árabes, se negaron a aceptar cualquier solución que ofreciera algo a los judíos. Como resultado, los Estados árabes vecinos invadieron Israel inmediatamente después de que este declarara su independencia, en mayo de 1948. Si no hubiera habido rechazo ni invasión, hoy existiría un Estado palestino junto al Estado judío y la vida podría haber continuado en paz.
En cambio, estalló la guerra mientras Israel se defendía de los ejércitos árabes. En el proceso, los árabes palestinos fueron derrotados, Jordania se apoderó de Cisjordania –parte del territorio destinado a los palestinos– y muchos palestinos huyeron de la zona de guerra.
Es interesante que muchos de los palestinos que no huyeron formen hoy parte integral del Estado judío, estén representados por varios partidos políticos y hayan obtenido 19 escaños en las elecciones más recientes. Aunque todavía queda mucho por hacer para que esa población alcance la plena igualdad en la sociedad israelí, sus vidas como ciudadanos israelíes son mucho mejores que las de los palestinos que siguen rechazando el Estado judío hasta hoy.
Ahí radica la diferencia entre las expresiones auténticamente propalestinas y aquellas obsesionadas con negar la legitimidad del Estado judío. Unas abren posibilidades para mejorar la vida de miles de personas; las otras conducen al conflicto y al sufrimiento provocados por el odio, el rechazo a cualquier acuerdo y la negativa a encontrar soluciones que impliquen reconocer, de algún modo, la legitimidad del Estado judío.
Un paso importante hacia una región más pacífica consiste en apoyar iniciativas que estén verdaderamente motivadas por mejorar la vida de los palestinos y que no tengan como interés principal demonizar al Estado judío bajo el pretexto de trabajar por el bienestar de los palestinos.
Ese día debe llegar más pronto que tarde.
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Kenneth Jacobson es el vicedirector nacional de la Liga Antidifamación (ADL, por sus siglas en inglés).
