La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel con el objetivo de desactivar el programa nuclear iraní y de derrocar al régimen teocrático chiita de Teherán ha sido un fracaso.
Ha desestabilizado considerablemente a toda la región y no ha debilitado sustancialmente a la dirigencia iraní. La economía del país ha sufrido por el endurecimiento de las sanciones y sus fuerzas armadas han sufrido considerables pérdidas, sobre todo el sector naval. Pero Irán sigue siendo uno de los países más poderosos de Oriente Medio y sus aliados hutíes más bien han aumentado su capacidad ofensiva.
Pese a todo, el presidente Trump no deja pasar la ocasión para decir que la guerra de Irán está en su recta final, que los iraníes han sufrido grandísimas pérdidas y que están listos para negociar y aceptar las condiciones impuestas por Washington, ahora reducidas a dos: libre navegación por el estrecho de Ormuz y abandono de sus ambiciones nucleares.
El republicano no cesa de repetir que, una vez se vuelva a la normalidad, los precios del petróleo se estabilizarán a la baja muy rápidamente. Sin embargo, el panorama se muestra bastante menos halagüeño.
La mayoría de los economistas ponen en duda la afirmación de que los precios vayan a bajar, para empezar porque, efectivamente, la capacidad de la industria petrolera iraní ha sido duramente golpeada por los bombardeos estadounidenses. Pero no solo la de ellos, ya que los iraníes y sus aliados han logrado desactivar las plantas refinadoras en los países de la península arábiga. Y ello sin mencionar las pérdidas infligidas por Ucrania a las refinerías rusas.
Trump pretendía que el ataque a Irán fuese otra demostración del extraordinario poder del ejército estadounidense, tras el exitoso bombardeo de tres sitios nucleares iraníes en junio de 2025 y la captura del presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, en enero de este año.
Pero en vez de aumentar el poderío militar estadounidense, la guerra lo ha restringido. El cierre de bases en Oriente Medio, destruidas por los drones iraníes, y la limitación del uso de una base en Gran Bretaña debido a amenazas de sabotaje han, como mínimo, complicado enormemente la logística de proyección de poder.
Los bombarderos estadounidenses todavía pueden alcanzar sus objetivos, por supuesto, pero solo volando desde Estados Unidos, lo que requiere más tiempo y reabastecimiento de combustible. Los estadounidenses todavía pueden patrullar el mar Arábigo, fuera del golfo Pérsico, pero sus barcos ahora deben ser reabastecidos desde Diego García, una isla en el océano Índico a 2.200 millas de distancia, lo que requiere semanas adicionales y costos enormes.
El personal estadounidense ha tenido que ser evacuado de las bases en Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, fuertemente golpeadas, que tendrían que ser reconstruidas casi desde cero y ser trasladadas más lejos de Irán, en caso de que el Congreso concediera la financiación.
Ahora Irán parece estar dispuesto a adoptar una estrategia ofensiva continua aunque selectiva. La mayoría de los analistas predicen que Teherán no se comprometerá con Washington; más bien aumentará sus ataques contra la infraestructura militar de Estados Unidos y contra sus socios regionales con el fin de dañar sus economías y diezmar los mercados mundiales de energía.
Los candidatos republicanos al Congreso en las elecciones de medio periodo, que se celebrarán el próximo 2 de noviembre, se perfilan como los grandes perdedores producto de la guerra, que va para su sétimo mes.
Todos los sondeos predicen una victoria rotunda de los demócratas: con certeza, en la Cámara de Representantes y, muy posiblemente, también en el Senado.
Los republicanos perderían sendas mayorías, lo que reduciría enormemente el poder de Donald Trump y lo convertiría, en pocos meses, en un presidente con pocos poderes, en un “pato cojo”, como suelen llamar los estadounidenses a los presidentes que van de salida.
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Cristina Eguizabal Mendoza es politóloga.