De niño, este diario fue mi vitrina a la vida adulta. En aquellas páginas olorosas a tinta que me manchaban los dedos y luego servían para limpiar los vidrios de la casa, encontraba pequeñas pistas de que contenían también algo para mí. Olafo, Los Melaza, el crucigrama o los Zumbis eran el gancho fácil para un niño de los ochenta.
Un poco después, descubrí los clasificados. No sé si la memoria los magnifica, pero recuerdo a mi papá con varias páginas de pequeños cuadritos ordenados por temas: empleo, vehículos, bienes raíces, personales. Una cartografía completa de la necesidad costarricense, publicada sin filtro y con nula preocupación por la estafa.
“Vendo Datsun 120 Y. Poco uso. Dueño viaja”. “Vendo anillo de compromiso oro 18k con brillante. Precio a convenir”. “Caballero viudo busca amistad con dama de buenas costumbres”. “Vendo ajuar completo de bebé, sin uso, todo en caja”. Eran minificciones sin firma que contaban una historia implícita.
Hoy, los clasificados ocupan media página con una docena de anuncios en un día de alto tránsito. Los servicios de videntes son los más constantes. Estos anuncios no escasean porque desaparezcan las necesidades, simplemente migraron a otras plataformas. Los algoritmos de los marketplaces ofrecen mejor información, fotografías y todos los medios de contacto posibles, pero ya no cuentan historias ni revelan, sin querer, los cambios en las vidas de las personas detrás de esos anuncios.
Algo similar ocurrió con las esquelas. También eran un género menor que nadie reconocía como tal. Tan apretadas en su tipografía como el bolsillo del muerto. La maravilla era que un martes cualquiera un clasificado anunciaba que se vendía un piano por falta de uso, y tres páginas más adelante, una esquela contaba por qué. Las versiones digitales de ambos géneros son más eficientes, se miden en engagement y visualizaciones, pero son completamente incapaces de esa conversación accidental, que era donde vivía todo lo interesante.
Hoy, en algún lugar de Internet, se vende un piano usado, perfectamente fotografiado, con descripción detallada y un código QR. Tiene cuatro estrellas y dos reseñas. Nadie sabe por qué se vende, y a nadie parece importarle saberlo.
“La Nación, 80 años, buena forma. Busca lectores de buenas costumbres para relación seria. De preferencia lejos del área de Zapote. Interesados, escribir a la redacción”.
m@mauricioparis.com
Mauricio París es abogado.
