Cada día brotan más insultos, amenazas y vulgaridades de la boca de esos nuevos políticos populistas que hoy pululan. Donald Trump es el ejemplo paradigmático. En su primera campaña ya nos había adelantado algo, al referirse a algunos países como “shithole countries”, o con su infame “grab them by the pussy”.
En su segunda administración, sin contrapesos, sus insultos han subido de nivel y frecuencia. Ya sea en mítines políticos, en redes sociales o entrevistas, Trump reparte obscenidades que antes los medios no se atrevían a publicar y que hoy son parte de la jerga presidencial: “fuck”, “shit”, “bitch”, “son of a bitch”. A sus opositores les llama “fucking losers”; calla a una periodista diciéndole “quiet, piggy”; a otra, “ugly, inside and out”, y “major league asshole” a otro más. A los líderes de Irán los conmina: “Open the fucking strait, you crazy bastards”. Y, ahora, en elecciones de medio término, está recurriendo al más gastado insulto del manual: “comunists!”.
Argentina es un país de altas letras: es el país de Borges, Cortázar, Pizarnik, Sábato, Storni. Hoy, es el país de Milei, quien insulta y maltrata a sus opositores en su estilo estridente: “¡Zurdos de mierda!”, “ignorantes”, “chorros”, “mentirosos”, “cavernícolas”, “parásitos”, “excremento humano”, “hijo de re-mil putas”, “ratas inmundas fracasadas” y “cucarachas”.
En Brasil, Bolsonaro –hoy preso– vomitaba obscenidades para referirse a sus adversarios: “la puta que lo parió”, “hijo de puta”, “mierda”, “coño”, “putería”. Insultó con especial saña a los periodistas, pidiendo “que se metan esta lata de leche condensada por el trasero”.
Así es que no estamos solos. Somos uno más de los países en que sus nuevos líderes siguen el manual del autoritarismo populista. Entendamos por eso que, con el presidente Chaves (perdón, expresidente), los insultos, las palabras soeces, las groserías, no son la excepción, sino las que marcan y definen su estilo. Igual nos receta “crema de rosas” que nos regala vulgaridades directas: “raza de hijueputas”, “malditos”, “malnacidos”, “desgraciados”, “estúpido”, “resentida social”. También deshumaniza o animaliza a sus oponentes llamándolos “ratas” o “cucarachas”. A los periodistas los descalifica tratándolos de delincuentes: “sicarios políticos”, “asesinos a sueldo”, “prensa canalla”, “traidores a la patria”, “mercenarios”, “parásitos”. Y ahora, junto con la presidenta, también siguen a Trump en su nueva obsesión: “¡comunista reprimido en el clóset!”.
Aclaro que yo nunca he creído que las llamadas “malas palabras” sean intrínsecamente malas. No hay ni buenas ni malas palabras: solo hay palabras bien usadas y palabras mal usadas; hay que saber dónde, cuándo, cómo y para qué usarlas. En nuestra familia, las usamos sin problema. Yo las uso, las usan mis hijas y, claro, las usa mi esposa (como sabrán quienes la conocen). Pienso que no hay nada malo en gritar ¡mierda! cuando algo nos sale mal; ni en exclamar “se despichó Femke” –como dijo mi nieto cuando se cayó su muñeca–.
Las palabras solo son verdaderamente malas cuando se usan para hacer el mal. Las “malas palabras” son malas cuando se pronuncian en momentos, lugares o desde cargos que exigen decoro y respeto. Y son malas, sobre todo, cuando buscan ofender, lastimar, humillar o denigrar a otras personas.
Eso es justo lo que está pasando hoy con las ofensas, insultos y obscenidades que, un día sí y otro también, salen de la boca de nuestras autoridades. No es un accidente, no es un error: es una estrategia. Saben que esas palabras lastiman y ofenden, pero también enardecen. Saben que, al hablar así, nos dividen y nos polarizan. Saben que los insultos se contestan con insultos y que las redes los reproducen y los amplifican. Saben que así la política se polariza, el diálogo se abandona, la sociedad se rompe, el autoritarismo se consolida.
La vida en sociedad necesita confianza y exige respeto. Siempre habrá discrepancias –a veces pequeñas, a veces enormes–. El reto de las democracias está en lograr discernir y resolver esas discrepancias sin que los adversarios se conviertan en enemigos, sin que la sociedad se rompa.
Los enemigos solo buscan ganar, buscan destruirse. Los adversarios buscan un terreno común para construir acuerdos. La diferencia se reflejará en cómo usemos las palabras: como insulto descalificador o como invitación al diálogo. Por razones obvias, el gobierno tiene la palabra. ¿Cómo la usará?
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).
