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Se despichó Femke

Las palabras solo son verdaderamente malas cuando se usan para hacer el mal. Las ‘malas palabras’ son malas cuando buscan ofender, lastimar, humillar o denigrar a otras personas

Leonardo Garnier, economista y exmnistro de Educación
Leonardo Garnier, economista y exmnistro de Educación Archivo LN

Cada día brotan más insultos, amenazas y vulgaridades de la boca de esos nuevos políticos populistas que hoy pululan. Donald Trump es el ejemplo paradigmático. En su primera campaña ya nos había adelantado algo, al referirse a algunos países como “shithole countries”, o con su infame “grab them by the pussy”.

En su segunda administración, sin contrapesos, sus insultos han subido de nivel y frecuencia. Ya sea en mítines políticos, en redes sociales o entrevistas, Trump reparte obscenidades que antes los medios no se atrevían a publicar y que hoy son parte de la jerga presidencial: “fuck”, “shit”, “bitch”, “son of a bitch”. A sus opositores les llama “fucking losers”; calla a una periodista diciéndole “quiet, piggy”; a otra, “ugly, inside and out”, y “major league asshole” a otro más. A los líderes de Irán los conmina: “Open the fucking strait, you crazy bastards”. Y, ahora, en elecciones de medio término, está recurriendo al más gastado insulto del manual: “comunists!”.

Argentina es un país de altas letras: es el país de Borges, Cortázar, Pizarnik, Sábato, Storni. Hoy, es el país de Milei, quien insulta y maltrata a sus opositores en su estilo estridente: “¡Zurdos de mierda!”, “ignorantes”, “chorros”, “mentirosos”, “cavernícolas”, “parásitos”, “excremento humano”, “hijo de re-mil putas”, “ratas inmundas fracasadas” y “cucarachas”.

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