La política es, en parte, el arte del engaño. Encubrir los verdaderos objetivos buscados, emitir señales confusas sobre las estrategias y tácticas que realmente se aplicarán, usar retórica grandilocuente para atribuir altos valores a decisiones y acciones propias que no fueron inspiradas en ellos y, por supuesto, deslegitimar la moralidad y propósitos de adversarios y enemigos. Todo ello es consustancial a la lucha por el poder, la esencia de la política, recursos empleados desde tiempos inmemoriales para mejorar las probabilidades de éxito de lo que sea que un líder o una élite política ande buscando y para confundir a los demás, de manera que su resistencia sea débil o ineficaz.
Y, aunque ese arte del engaño es más viejo que la maña de pedir fiado, hoy muchas personas siguen yéndose de pollo con las narrativas políticas. Creen en lo que oyen a pie juntillas. No aprenden de la historia. Quizá es así no porque crean en la sinceridad u honestidad de un líder, sino porque les gusta lo que les dice; se ajusta a lo que ya creían desde antes. A eso, los expertos lo llaman sesgo de confirmación. Y este sesgo es importante, pues permite a muchos, incluso, apoyar a líderes cuestionables con el argumento de que son servidores imperfectos de una causa superior.
Por eso, estudiar las palabras es indispensable para analizar procesos y eventos políticos. Pero hay que entender que son una arena más de las luchas por el poder que ocurren en cualquier ámbito de la vida social, desde una organización o empresa hasta una sociedad entera o en las relaciones internacionales. No hay que aceptarlas como si fueran definitivas, sino ponerlas a la par de los gestos, acciones y consecuencias observadas para entender cuánto revelan o encubren sobre una situación.
