No sé cómo empezar. Tal vez citando a John Banville, quien dijo a un medio español (El País, 5 de octubre) que cuando era joven, creía que la edad traía sabiduría, pero ahora, octogenario, vivía en la confusión. No me refiero al estupor que causa la llamada superfluidad de lo humano: saber, por ejemplo, que el sol colapsará en algunos miles de años, que aunque sea mucho tiempo acabará sucediendo, y que entonces nadie se acordará de nosotros. Así, pues, ¿todo para qué?
Me refiero más bien a cosas más inmediatas: a la incertidumbre que provoca recordar hechos que sucedieron hace menos de un siglo, y que parece que a su modo van recuperando actualidad para volver a suceder en el futuro cercano gracias a una voluntad global, tenaz e inconsciente de que, para destruir una sociedad, primero hay que deslegitimar sus instituciones fundamentales, como visualizaba la embajadora Kirkpatrick en 1986.
Realmente, ¿el mundo y nosotros con él estamos en tan graves dificultades, en algo como los prolegómenos de acontecimientos que más temprano que tarde afectarán todos los territorios, todos los orígenes, a todas las gentes, durante todas las horas? O, por el contrario, debemos ser optimistas, porque después de todo, si no nos queda optimismo, como alguien decía, ¿qué nos queda?
“Servite, pichona”. ¿Reconocen la frase? En el relato de Leila Guerriero (Opus Gelber. Retrato de un pianista), que todo lo que escribe supera lo interesante, el pianista al que interroga para su libro tiene sobre la mesa budín, tarta casera, sándwiches, masas, dos jarras diminutas con edulcorante líquido, otra con leche, vajilla de porcelana sobre un mantel de damasco francés: en el centro, un racimo de uvas de piedras semipreciosas y dos candelabros de plata con sus velas apagadas. Anda muy por arriba de los ochenta años, y comer de forma desaprensiva ya no le va a hacer daño. La invita a participar del ágape: “Servite, pichona”. Ella prefiere dedicarse a apuntar con diligencia lo que él dice: “Yo creo que es muy linda la familia, pero a condición de tener conciencia de que uno es uno”.
¿Cómo entender que “uno es uno”? ¡Si fuese un magnate de esos escasos pero reales que juegan con el mundo! En cambio, podría ser como la que subió al patíbulo treinta años después, o un migrante anónimo y desesperado.
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Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.