“¡Yo no aparecía en la papeleta; si hubiera aparecido, habríamos ganado ¡CON UNA VICTORIA APLASTANTE!”, exclamó Trump tras la debacle electoral de sus candidatos en las elecciones de medio periodo. Pero había sido él mismo quien pidió a sus seguidores justo eso: “Pretendan que yo estoy en la papeleta, y voten”. Pues bien, la gente votó, y votó en su contra en una escala que ni los demócratas más optimistas esperaban. Los demócratas recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso y, así, Estados Unidos empieza un segundo tiempo con un “lame duck” (pato cojo) en la presidencia.
Fueron tantas las victorias demócratas que no puedo mencionarlas todas. Creo que la más notable fue la de James Talarico, joven seminarista, cristiano de izquierda, que venció a Ken Paxton, el republicano apoyado por Trump –y por Musk, que invirtió $190 millones en esta contienda–. Talarico será el primer senador demócrata por Texas desde 1988. También en Texas, disfruté el triunfo de Inés Hinojosa sobre el intocable Greg Abott: será la primera gobernadora demócrata en Texas en 36 años, y ¡la primera latina en ocupar ese cargo!
En Michigan, ganó el demócrata Abdul El-Sayed, joven médico progresista que hará historia como el primer senador musulmán en Estados Unidos. En Carolina del Sur, estado profundamente conservador, una pediatra demócrata, Annie Andrews, derrotó a Darline Graham, hermana del fallecido Lindsey Graham y favorita de Trump. Otra sorpresa la dio Adam Hamilton, un ministro metodista que será el primer senador demócrata en Kansas en 94 años. Y la cereza en el pastel: Susan Collins, toda una institución en Washington, con tres décadas como senadora republicana, fue derrotada por el demócrata Troy Jackson –que apenas tuvo cien días para hacer su campaña–.
Todo muy bien, pero ¿qué significa realmente esta derrota de Trump?, ¿qué significa el triunfo demócrata en las elecciones de medio término?
Para empezar, todavía hay Trump para rato, pero, al igual que con el triunfo de Lula en Brasil, la derrota de Orbán en Hungría o el triunfo de los estudiantes en Serbia, esta victoria demócrata demuestra que los líderes populistas autoritarios, si bien temibles, no son invencibles, incluso cuando detrás de ellos están los billonarios del mundo. Y es que nunca hubo tanta plata en una elección: los 40 principales donantes aportaron más de 2.400 millones de dólares, de los cuales tres cuartas partes fueron a los republicanos. Y perdieron.
El triunfo demócrata significa que, gradualmente, la gente logra romper el hechizo populista autoritario, empieza a cobrarles a sus líderes el fracaso de sus políticas y el incumplimiento de sus promesas –la inflación, la guerra, la inseguridad, el desfinanciamiento de la salud y la educación, la falta de vivienda–, pero, sobre todo, la gente comienza a darse cuenta de su corrupción, una corrupción a una escala y con un descaro nunca antes vistos.
Todo esto es un gran paso; podría ser el principio del fin, pero no basta. No basta con que mucha gente abra los ojos y se desencante de la retórica populista. Hace falta una alternativa creíble y atractiva. Hacen falta caras frescas y cercanas. Caras que hablen el lenguaje de la gente, con una narrativa igualmente fresca que ilusione, que ofrezca soluciones ambiciosas pero realistas a los problemas que aquejan a la gente; que les devuelva la esperanza.
Caras que escuchen. Caras que estén dispuestas a salirse de su burbuja y de sus cajones, de su zona de confort, de sus temas de siempre, para entender mejor cuáles son las verdaderas angustias y aspiraciones de la gente, y cómo trabajar juntos en construir las soluciones.
Cabe una advertencia final: no podemos caer en la tentación de enfrentar al populismo autoritario con sus propias armas, pues son armas que pervierten la política y la convivencia social. Para enfrentarlos y para ganar en democracia, no hace falta recurrir al miedo, al odio, a la descalificación y al insulto –armas tan usadas por quienes siguen el manual del populismo autoritario–.
Para usar una metáfora de nuestro tiempo, diría que tenemos algoritmos distintos. Los suyos separan; los nuestros deben unir. Los suyos dependen de la mentira; los nuestros deben apelar a la verdad. Los suyos destruyen; los nuestros deben construir. Lo suyo es la antipolítica; lo nuestro es una mejor versión de la política.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).