
Casi todas las muertes representan una tragedia para la familia y los amigos de la persona fallecida; más aún si se le amaba. No obstante, hay algunas que, a pesar del dolor que de por sí encarnan, significan un alivio: la paz interior.
Tuvimos, en mi familia, la infortunada pérdida de un hermano. Un voraz cáncer se llevó su vida en cuestión de meses. La angustia, el dolor, la incertidumbre –y, por ratos, la desesperación– se apoderaron de nuestras vidas. Una imagen médica que indica que algo no está bien. Estudios que complementan aquella sospecha hasta llegar al diagnóstico: cáncer. Y de los malos. Una propuesta terapéutica; una imploración al cielo. La esperanza al máximo; aunque siempre teñida de temor.
El temor tomó forma cuando no hubo mejoría y, en cuestión de meses, aquella vida pletórica de sueños, ideas y aspiraciones se vio cercada por reposo, medicinas y hospitales. Cada nuevo día era una esperanza, pero muchas veces un golpe de realidad.
La mejoría no llegó y el cáncer continuó haciendo de las suyas. Dos semanas y media en cama, conectado a todo tipo de artefactos, con los mejores medicamentos y la mejor atención del mundo, no fueron suficientes. La muerte sobrevino. Pero llegó suave, tranquila, en paz. Para él y para nosotros.
De esta historia sobre la muerte de un hermano me quedan varias lecciones de vida que deseo compartir con ustedes.
Valorar la vida
A casi cualquier edad es mucho más probable vivir el día siguiente, y cuanto más joven, más cierto es. No obstante, tratar de cumplir aquello de “vivir cada día como si fuera el último” debería ser una máxima vital. No hablo de desenfreno; no, para nada. Más bien pienso en ponernos en paz y armonía con los demás. Cumplir deseos simples, darse un gustito, abrazar a los demás, decirles que los queremos. No hacer daño a nadie. Ser buenas personas. Buscar metas recurriendo a medios válidos, honestos y honorables. Hacer caridad.
Valorar la solidaridad
A mi hermano no le faltaron manos de personas que, aun sin conocerlo plenamente, le dieron su cariño y solidaridad. No le faltó nada. ¿Qué decir de sus hermanos, que en todo momento estuvimos con él, al igual que sus hijos? O del personal médico y de enfermería del Hospital México durante los días que estuvo internado, hasta su partida: ángeles que lo cuidaron e hicieron que sus últimos días estuvieran marcados por un trato amable, respetuoso, dignificante y amoroso. Si antes tenía el mejor concepto de quienes ejercen la enfermería, entre quienes cuento con muchísimas personas conocidas y amigas, hoy las valoro mucho más. Para todas ellas, mi más sincero agradecimiento.
Valorar a la Caja
La Caja Costarricense de Seguro Social (la Caja) es un lujo que tenemos y no debemos ni podemos perder. Precisamente, uno de sus pilares es la solidaridad que mencioné antes. Los cuidados que la Caja ofrece a sus pacientes son del más alto nivel; imposibles de pagar en la medicina privada para la enorme mayoría de nosotros. Pero ahí la tenemos. Y, tarde o temprano, tendremos que recurrir a sus servicios. Por tanto, no dejemos que mentes insensatas y malintencionadas o, por lo menos, ignorantes tiren por la borda casi 85 años de una institución que es baluarte de la paz social y del Estado social de derecho: perder la Caja no es solo perder salud, es también perder democracia.
Valorar la eutanasia como posibilidad
Avanzar hacia una discusión seria sobre la eutanasia no significa restarle valor a la vida ni promover la muerte como respuesta al sufrimiento. Significa reconocer que la dignidad humana también comprende la autonomía y el derecho a no ser obligado a prolongar una existencia marcada por un padecimiento irreversible, intolerable y sin expectativas razonables de mejoría. Está bien procurar la preservación de la vida, pero debemos preguntarnos en qué condiciones.
Por ello, la eutanasia debe discutirse, ante todo, como una cuestión de dignificación de la vida y no como una salida fácil. Esto exige un debate informado, plural y prudente, acompañado de cuidados paliativos accesibles, evaluaciones médicas rigurosas, garantías jurídicas y salvaguardas que impidan presiones, abusos o decisiones precipitadas.
No se trata de elegir entre vivir o morir de manera simplista, sino de reconocer que, en circunstancias excepcionales, respetar la dignidad puede implicar permitir que una persona decida hasta dónde soportar un sufrimiento que la medicina ya no puede curar ni aliviar de forma aceptable.
“Los vi marcharse con su llanto, su laberinto enfrentando, en la buena y en la mala, juntos caminando. Y pensé mucho en mi familia, los quise tanto aquel momento, que sentí que me ahogaba en sentimiento… Familia es familia, y cariño es cariño" (palabras de Rubén Blades en “Amor y control”).
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, profesor de Epidemiología en la UNA y la UCR. Ha publicado aproximadamente 140 artículos científicos en revistas especializadas.
