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Las muchas lecciones que me ha dado la muerte

La muerte representa una derrota en nuestro gremio. Pero, poco a poco, el destino me fue llevando hacia los caminos de los cuidados paliativos. Fue allí donde empecé mi rutina cotidiana de compartir asiento con ella

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Si hay algo que nos une como seres humanos es el hecho de que algún día, tarde o temprano, vamos a morir. Y a pesar de la universalidad de este hecho, hablar sobre el tema resulta a veces incómodo.

 Cuando era niño, la muerte me generaba ansiedad. Era un concepto tan enorme que mi pequeña cabeza no podía comprenderlo. Recuerdo la primera vez que entré en contacto con ella. Era una mañana de escuela, oscura, y como otros días, mi madre se dispuso a despertarme. Sin embargo, ese día me dijo algo muy distinto. Se acercó a mi oído y me susurró tiernamente: “Don Douglas se murió”.

Don Douglas, el panadero del barrio, era muy bueno y querido. Murió en un accidente de tránsito luego de bajarse de un bus de La Aurora por el antiguo hotel Irazú. Las palabras de mamá tenían un tono particular, de una compasión enorme, quizá porque justamente era consciente de que ese momento representaba mi primer contacto directo con ella, la muerte. Me invadió una tristeza que nunca había sentido, no sé si lloré o no, pero sí recuerdo que, aunque no entendía con claridad la magnitud de lo que sentía, percibí mi tristeza como un río sanador y cristalino que me atravesaba.

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