
Reconozco que, a veces, me acosan imágenes de pesadilla; otras, recupero fragmentos de un pasado reciente, fulguraciones de una Costa Rica sin miedo o, al menos, sin temor ante quienes gobiernan. Leibniz formuló, a propósito de esto, que “es necesario que los males sean posibles, pero es contingente que los males sean necesarios”.
Sabemos que a los gobiernos autoritarios les viene bien el caos y la sensación de peligro permanente. Más aún, la fascinación del oficialismo por la humillación provoca que las condiciones de habitabilidad de Costa Rica estén en riesgo. Por eso, es necesario centrarse en la dignidad y en la verdad, que se encuentran entre los ámbitos que buscan erosionar.
Pareciera una obviedad señalar que la humillación es una forma de mal moral, pero justamente aquello que tendemos a juzgar como una obviedad señala algo que puede ser tan familiar que precisa ser reflexionado.
El mal moral no se refiere únicamente a aquellas acciones que, al lesionar derechos y bienes, vulneran la autonomía y la dignidad. Se trata también de una experiencia que produce sufrimiento y deja secuelas profundas, porque rompe los vínculos con uno mismo, con los otros y con el mundo. El daño, entonces, no se limita a aquello que ha sido vulnerado; también alcanza la percepción que cada cual tiene de sí mismo como sujeto moral.
El sufrimiento involucrado en la humillación consiste en una experiencia primaria de la vulnerabilidad y la fragilidad, que también puede ser potenciada socialmente, como sucede en los escenarios donde tiene lugar la humillación social. Por modelamiento y moldeamiento del partido de gobierno, esta se está erigiendo en nuestro país como una forma socialmente tolerada del mal moral.
Lo que considero importante subrayar es que el peligro de la humillación como práctica social estriba en que tiende a hacerse aceptable, justificable y regular. Eso es lo que ocurrió, por ejemplo, la noche del 14 de setiembre en Cartago.
El verdadero problema se da cuando cualquier persona deja de pensar sobre la responsabilidad de sus actos; cuando alguien se somete a una idea, a un partido o a una persona, sin dejar cabida a la propia reflexión.
Hannah Arendt llamó “catástrofe de medianoche” al encuentro con la propia conciencia, al momento en el que uno se da cuenta del mal que está produciendo. No es menos cierto que, para ser una buena persona, hay que ser capaz de reconocer las propias miserias, mirar de frente a la mala persona que somos capaces de llegar a ser y hacer lo posible por no convertirnos en ella. Como lo dijo Aristóteles: “El que no se ruboriza del mal que hace es un miserable”.
Pero hay algo más que echar de ver: el control de los medios de comunicación por parte de los gobiernos autoritarios contemporáneos. A este respecto, la investigación conjunta de Christopher Walker y Robert W. Orttung, publicada en el Journal of Democracy, señaló que esto responde al deseo de influir en cuatro tipos de público.
Primero, tratan de influir en los seguidores del régimen. Los gobiernos autoritarios deben cuidar siempre de su grupo, porque la destrucción de este podría conducir a la caída del régimen.
El segundo grupo de público clave es la población en general. Para mantenerse en el poder, el régimen debe generar temor, pero, igual de importante, es alentar la apatía y el desinterés por la política mediante el control de las noticias que se difunden.
La oposición política y la población civil independiente son el tercer grupo de público. Los medios estatales intentan desacreditar a los políticos opositores e impiden, de distintas maneras, que haya un debate público al que tendría acceso la sociedad civil a través de los medios de la oposición.
El cuarto segmento de público está representado por los usuarios regulares de Internet. Actualmente, la fórmula del éxito político es el mensaje más corto y grosero, repetido la mayor cantidad de veces.
Debemos rechazar de plano y sin paliativos la manipulación de los medios de comunicación para la tergiversación, la difusión de noticias falsas, el desprestigio de los disidentes y el desaprendizaje de los sentimientos más favorables para el mantenimiento de la sociedad, y no de aquellos que conduzcan a su destrucción. Una sociedad, por liberal que sea, no puede prescindir de normas de respeto y responsabilidad mutuas.
Es obligado recurrir al filósofo analítico P. F. Strawson, quien distinguía entre el resentimiento y otras actitudes reactivas, como la indignación. Para el profesor, el resentimiento es el sentimiento que se produce en una persona por causa de la actitud negativa de otra hacia ella, mientras que la indignación es un sentimiento reactivo “más moral” porque es “impersonal, desinteresado o generalizado”.
En tal caso, no es a un ciudadano, a un opositor político o a un representante de la ley a quien el Monstruo de Dos Cabezas –no aludo al de Plaza Sésamo– hiere o menosprecia, sino que está dirigido a la totalidad de la oposición del gobierno.
Por tanto, resulta fundamental –como oposición unida– renunciar a la ignominia que se expresa en la desdeñable consigna “no fue con mi voto” y, en su lugar, resistirse a la apatía, a la pereza y a la desesperanza que nos quiere administrar el gobierno.
No es mirando hacia otro lado ni desinstalando aplicaciones como vamos a restaurar la dignidad que nos está siendo negada.
En definitiva, ¿es indignante, no? Que el oficialismo nos proponga la peor de las Costa Rica posibles.
cgolcher@gmail.com
Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.
