Nos hemos acostumbrado a muchas cosas en los últimos años, pero hay una en especial a la que no logro acostumbrarme: abrir las noticias y encontrar a diario acusados de homicidio, narcotráfico o ambas, convertidos en personajes de comedia. Pecho de Rata, Panochita, Chula, Míster Músculo [inserte usted acá el de su preferencia].
El alias tiene ese aire de barrio, de mote que un vecino le puso a otro en la infancia. Cuesta imaginar que detrás de alguien apodado Billete o Popeye haya acusaciones por sicariato, estructuras armadas, toneladas de cocaína. El lenguaje barriobajero y el hecho criminal no calzan, y ese desajuste, lejos de inquietar, ahora entretiene.
Cabe preguntarse por la necesidad de ese recurso. Hay una explicación operativa: así los llaman en la calle, así los fichó la policía, y el periodismo sucesero hereda esa nomenclatura porque la fuente se la entrega servida.
Hay también una razón de mercado. Un alias insólito vende más que un apellido cualquiera; produce ese cosquilleo cómico y morboso que nos lleva a hacer clic en la noticia. Pero hay una tercera capa más preocupante. Al bautizar así al sospechoso, el medio no solo informa, sino que personifica. Instala al personaje en el imaginario con la textura de una ficción de telenovela.
La palabra persona, antes de nombrar al individuo, designó la máscara que usaban los actores en el teatro romano y, por extensión, el personaje que representaban. Cuando el periodismo bautiza al sospechoso con un alias, le talla una máscara nueva. El acusado deja de ser un nombre sujeto a investigación y se convierte en un personaje sujeto a relato.
Ese desplazamiento del criminal al personaje, o incluso al mito, es la manera artesanal de construcción de una narcocultura. Tiene raíces claras en México y Colombia, que la cultivan hace décadas con sus narcocorridos y narconovelas. En Costa Rica, pasamos de consumir esos productos culturales a producir nuestra propia narcocultura pura vida, titular a titular.
No es que uno aspire a la asepsia notarial en la crónica roja, ni que se quiera fingir que la jerga policial no existe. Se trata de notar que, cuando la ficción le gana el pulso a la gravedad del hecho, algo se relativiza, se pierde la seriedad del hecho, que debería pesar como plomo, pero se disuelve en la gracia del mote.
Por tanto, el problema no es el mote, sino en qué momento decidimos que hasta el crimen debía convertirse en espectáculo.
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Mauricio París es abogado.
