Columnistas

La columna de Irene Vallejo: En el principio fueron los labios

Cuando no somos capaces de resolver los conflictos meneando los labios, acabamos por enseñar los dientes

Irene Vallejo, escritora y filóloga española
Irene Vallejo, escritora y filóloga española Tony Galán
Expresión de enojo, rabia, furia, mujer enojada
El arte de hablar bien apela a la palabra que nutre el pensamiento y no el vértigo ni el lenguaje sobresaltado, histérico, que reduce el mundo a un titular. (Shutterstock/Foto)

Al hablar, como al cantar, nos convertimos en un instrumento musical de carne. Ciertas personas son capaces de seducir con el erotismo de sus palabras, apenas una frágil brizna de viento que brota del temblor de la garganta y una caricia de la lengua. Las cuerdas vocales, imprescindibles para que nazca la voz, en realidad no tienen forma de arpa; se parecen más a unos labios –sonrisas interiores y verticales– que vibran al paso de una columna de aire. Como escribió el poeta Fernando Pessoa: “Las palabras son para mí cuerpos tangibles, sirenas visibles, sensualidades incorporadas. El deseo crea en mí ritmos verbales, o los oye de los otros. Me estremece si hablan bien”.

Existe un arte de fascinar a los demás con el discurso, y sus más tempranos maestros fueron los sofistas griegos. Su trabajo nació a la par que la democracia, cuando por primera vez en la historia los ciudadanos tuvieron voz para intervenir en la asamblea –salvo las mujeres, esclavos y extranjeros: calladitos estaban más guapos–.

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