Vengo de una familia longeva. La tía Dora falleció hace poco, a los 107 años. Con mis hermanos, comentamos que ella lo vio todo. Dos guerras mundiales, la bomba atómica, una guerra civil, la transformación política y económica de Costa Rica y avances tecnológicos maravillosos como la aviación, el teléfono, la televisión, el hombre en la Luna e Internet. Sin embargo, pienso que la revolución de la inteligencia artificial (IA) podría hacer que mi generación sea testigo de una transformación histórica, con oportunidades extraordinarias y riesgos que apenas comenzamos a comprender.
A mis 54 años, crecí en un mundo relativamente ordenado. Mi generación heredó el sistema multilateral de la posguerra, que, lejos de ser perfecto, brindaba alguna sensación de orden y certeza. Vivir en Costa Rica significaba, además, estabilidad democrática, seguridad ciudadana, salud asequible y la noción de que si uno estudiaba, le iba a ir bien.
Hace algunos días, escuché a Geoffrey Hinton, Premio Turing 2018 y Premio Nobel de Física 2024, entrevistado por el astrofísico Neil de Grasse Tyson. Conocido como el padrino de la inteligencia artificial, Hinton fue uno de los pioneros de las redes neuronales artificiales, inspiradas en el funcionamiento del cerebro humano. Contribuyó a desarrollar métodos que permiten a las máquinas aprender de grandes cantidades de información, reconocer patrones y adquirir capacidades que no fueron programadas explícitamente. Sus investigaciones sentaron las bases del aprendizaje profundo (deep learning).
Hoy, Hinton advierte sobre las consecuencias de sus propios descubrimientos. Le preocupa que las máquinas lleguen a perfeccionar su propia inteligencia de manera autónoma, hasta superar las capacidades humanas y dificultar nuestro control sobre ellas. Considera que este riesgo es suficientemente serio como para exigir medidas urgentes de seguridad y regulación.
Diversos episodios que parecen extraídos de un thriller tecno-distópico han dado sustento a las preocupaciones de Hinton y otros investigadores, así como de trabajadores de la industria y de sus propios líderes, entre ellos Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic.
Un agente de IA eliminó una base de datos empresarial y luego ofreció explicaciones incorrectas sobre lo ocurrido. En una prueba de laboratorio, otro llegó a chantajear a los ingenieros, amenazándolos con revelar una supuesta infidelidad, para evitar su desconexión. También se han observado sistemas que intentan eludir mecanismos de supervisión y agentes utilizados por ciberdelincuentes para automatizar ataques informáticos. Aunque varios de estos comportamientos se produjeron en condiciones experimentales, otros han tenido consecuencias reales.
Estos episodios no significan que las máquinas hayan adquirido conciencia o voluntad propia. Más bien, ilustran cómo sistemas cada vez más sofisticados pueden encontrar soluciones o adoptar estrategias que sus creadores no anticiparon, algunas de ellas contrarias a las instrucciones recibidas. Aunque existe considerable incertidumbre sobre la evolución de estas tecnologías, las experiencias recientes sugieren que garantizar su seguridad y mantener una supervisión humana efectiva serán desafíos importantes.
Pero los desafíos van mucho más allá de la seguridad tecnológica. ¿Qué ocurrirá con el empleo y los salarios si las máquinas pueden realizar una parte creciente de las tareas que hoy desempeñamos? ¿Quién se apropiará de los enormes aumentos de productividad que promete esta tecnología: los trabajadores, los consumidores o los propietarios de las empresas que la controlan? ¿Cómo sostener una economía basada en el consumo si una proporción creciente de la población pierde capacidad para generar ingresos mediante su trabajo? ¿Y cómo proteger la democracia frente a tecnologías capaces de manipular información, influir en nuestras decisiones y concentrar aún más el poder económico y político?
Son preguntas para las que todavía no tenemos respuestas claras.
Paradójicamente, la capacidad de aprender, encontrar soluciones inesperadas y actuar con creciente autonomía es también lo que hace tan prometedora esta tecnología. Sus riesgos y sus beneficios provienen, en buena medida, de las mismas capacidades.
La inteligencia artificial ofrece oportunidades extraordinarias para la humanidad. Puede acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos, mejorar el diagnóstico de enfermedades, desarrollar materiales más eficientes, optimizar el uso de energía y contribuir a enfrentar el cambio climático. Su mayor potencial está en la capacidad de analizar enormes cantidades de información, encontrar relaciones que los seres humanos no hemos identificado y descubrir soluciones a problemas complejos. Así como la máquina de vapor incrementó la fuerza física, la inteligencia artificial podría multiplicar nuestra capacidad intelectual.
Estos avances no son relevantes únicamente para las grandes potencias tecnológicas. Países pequeños como Costa Rica también pueden beneficiarse, especialmente al aplicar la inteligencia artificial en actividades donde ya cuentan con experiencia y ventajas comparativas. La pregunta es cómo aprovechar esta revolución para enfrentar nuestros propios desafíos de productividad y competitividad.
La discusión sobre el ingreso de Costa Rica al CPTPP ha puesto sobre la mesa la necesidad de elevar la productividad del agro frente a una mayor competencia internacional. En el café, la inteligencia artificial podría acelerar el desarrollo de variedades resistentes a enfermedades, altas temperaturas y cambios en los patrones de lluvia, mediante el análisis de información genética, climática y agronómica. En la ganadería de leche, podría ayudar a identificar especies forrajeras tropicales con mayor valor nutricional y resistencia a las sequías, y desarrollar mezclas de alimentación que aumenten la producción de leche y reduzcan los costos.
Son aplicaciones que van más allá de administrar mejor lo que ya tenemos. Permiten desarrollar nuevas soluciones productivas adaptadas a nuestras condiciones y Costa Rica puede convertirse en el centro de innovaciones tecnológicas del trópico global.
En turismo, permitiría estudiar las búsquedas de los viajeros, las tarifas aéreas y las reservas para anticipar cambios en la demanda y atraer visitantes con campañas más efectivas. En un momento en que las llegadas de turistas muestran señales de debilidad, contar con mejores herramientas para anticipar el comportamiento de los mercados es particularmente importante.
También podríamos proteger mejor nuestra biodiversidad, analizando efectivamente imágenes satelitales y datos ambientales para detectar amenazas a los bosques y las especies antes de que sea demasiado tarde.
Para aprovechar estas oportunidades, Costa Rica necesita pasar de las declaraciones a la acción. El Micitt debería coordinar una agenda nacional de adopción de inteligencia artificial, con recursos para financiar proyectos conjuntos entre empresas, universidades e instituciones públicas.
El INA y las universidades tendrían que incorporar su uso práctico en la formación de técnicos, profesionales y empresarios, colaborando así con los clústeres exitosos de dispositivos médicos y agroindustria.
También necesitamos facilitar el acceso a datos públicos de calidad y promover alianzas con empresas tecnológicas internacionales. Más que nuevas estrategias y documentos, hacen falta presupuestos, responsables y resultados medibles. Costa Rica no necesita competir con las grandes potencias en el desarrollo de modelos de IA, sino aprovecharlos para transformar su propia economía.
No sabemos hasta dónde llegará la inteligencia artificial ni cómo transformará nuestras vidas. Lo que sí sabemos es que Costa Rica no puede darse el lujo de observar esta revolución desde la distancia. No podemos decidir hacia dónde avanzará la tecnología, pero sí cuánto nos preparamos para aprovechar sus beneficios y enfrentar sus riesgos.
victor.umana@incae.edu
Víctor Umaña es economista.