El 24 de octubre, se presentaron en Madrid los resultados de una vacuna contra el cáncer que muchos llevaban meses esperando.
Incluso antes de mostrar los datos, las acciones de Moderna subieron en casi un 300% e inmediatamente todas mis clases empezaron a incluir un “corte comercial” para hablar de la vacuna.
Claro, es la primera vez que una vacuna personalizada contra el cáncer da resultados positivos en un estudio tan grande y frente a una enfermedad tan agresiva como el melanoma. Pero, ¿cómo puede una vacuna evitar que un tumor regrese? Puede sonar lejano o técnico, pero no hace falta ser científico para entenderlo.
Lo que hace al cáncer tan difícil de tratar es que se parece demasiado a nosotros. No viene de afuera, como un virus o una bacteria. El cáncer se origina dentro de nosotros. Empieza como un pedacito sano de nosotros que, por la radiación solar, el cigarrillo, el estrés u otras causas, sufre mutaciones y empieza a crecer sin control. Pero, aunque el cáncer se comporte distinto, su identidad sigue siendo casi igual a la de todo lo sano que lo rodea.
Por eso tratamientos como la radioterapia o la quimioterapia resultan tan agresivos para el paciente. No logran diferenciar entre el tejido sano y el cáncer. Se mata todo por igual, con la fe de que la totalidad del cáncer se encuentre dentro del área de aplicación.
Pero el cáncer no es una copia perfecta de nosotros. Las mutaciones que lo originaron dejaron huellas únicas, y esas marcas particulares son la clave de esta vacuna.
¿Por qué? Porque nuestro cuerpo cuenta con un mecanismo para detectar elementos extraños: el sistema inmunitario, que todos los días identifica y combate virus y bacterias. Sin embargo, las células cancerosas pueden pasar inadvertidas y evadir esa vigilancia. La vacuna busca mostrarle esas huellas a nuestro sistema de defensas, para que aprenda a reconocer al enemigo.
Para mostrarle una huella al cuerpo, se hace lo mismo que con cualquier vacuna. Se le presenta al sistema inmunitario una copia inofensiva de la marca del enemigo, sin el enemigo. Es como enseñarle a un guarda la foto de un sospechoso antes de que este aparezca.
Esos guardas, llamados células T, no salen a atacar solo con ver una foto. Ellos necesitan de “un permiso” que otorgan otras células, llamadas dendríticas. Con la vacuna, las células dendríticas obtienen las huellas del cáncer y las exhiben en su superficie, como “un cartel de permiso” para atacar.
Las células T que reconocen ese cartel reciben, por fin, el permiso que esperaban. Se multiplican por miles y salen a patrullar el cuerpo, y si encuentran una célula con esas mismas huellas, la eliminan.
Pero hay una diferencia importante con las vacunas que conocemos. La del sarampión o la del covid-19 son iguales para todos y se les aplican a millones de personas sanas, porque todos enfrentamos el mismo enemigo.
Con el cáncer no es así. Las huellas son distintas en cada persona, así que esta vacuna se hace a la medida de cada paciente.
Para ello, cada paciente que participó en este estudio pasó primero por el quirófano donde se le extirpó el tumor. Ese tejido enfermo se llevó al laboratorio junto con una muestra de sangre del paciente, la cual sirvió como referencia del tejido sano. El objetivo era comparar ambos y encontrar las diferencias físicas.
Esas diferencias, sin embargo, son tan diminutas que no se ven ni siquiera con un microscopio. Para encontrarlas, se usan máquinas que revisan, una por una, millones de piezas de ambas muestras y señalan dónde no coinciden.
De todas esas diferencias, una computadora escogió hasta 34 huellas, las que el cuerpo tiene más probabilidad de reconocer como extrañas. Los científicos las llaman neoantígenos, y con ellas se fabricó la vacuna para cada paciente.
Con esa información dentro de la vacuna, nuestro sistema inmunitario es capaz de entrenarse, por si vuelve a encontrarse con el cáncer.
Hay un último detalle. El cáncer es capaz de “apagar” a los guardas o células T, cuando se le acercan, como si les pusiera un freno. Por eso, todos los pacientes del estudio también recibieron un medicamento llamado pembrolizumab, que quita ese freno. La vacuna les dice a los guardas a quién buscar y el medicamento se asegura de que no se detengan al encontrarlo.
Dos años después, 82 de cada 100 pacientes vacunados seguían sin cáncer. En el grupo que solo recibió pembrolizumab, eran 70. Puede parecer poca diferencia, pero en realidad significa que la vacuna redujo en 42% el riesgo de que el cáncer regresara.
Lo que aún está por determinar, y quizá sea lo más importante, es si la vacuna permitirá que estos pacientes vivan más tiempo. Para saberlo, habrá que esperar: el estudio continuará dándoles seguimiento durante los próximos años.
Mientras tanto, la misma vacuna ya se está probando en otros cánceres mediante estudios más pequeños, específicamente para tumores en riñón, vejiga y páncreas.
Así que, la próxima vez que escuche hablar de una “vacuna contra el cáncer”, ya sabe qué hay detrás: una especie de fotografía del enemigo, unos “guardas entrenados” para reconocerlo y hasta 34 huellas particulares que permiten identificar ese tumor. Porque sí: se trata de una vacuna hecha a la medida de cada paciente para ayudar a sus defensas a reconocer y combatir el cáncer.
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María José Durán es la primera costarricense que cursa un doctorado en Bioingeniería en el MIT.
