Costa Rica enfrenta una paradoja preocupante. Después de décadas de éxito en la atracción de inversión extranjera directa (IED) y la diversificación de sus exportaciones, comienzan a observarse señales de debilitamiento de algunas de las condiciones que hicieron posible esa transformación.
La desaceleración económica, la reducción de empleos en algunas multinacionales y la pérdida de dinamismo de los regímenes especiales plantean una pregunta fundamental: ¿estamos perdiendo nuestras ventajas competitivas?
Para responderla, conviene aclarar qué significa competitividad. En términos sencillos, es la capacidad de un país para ofrecer condiciones que faciliten a sus empresas producir bienes y servicios con productividad, calidad y costos adecuados para competir exitosamente en los mercados internacionales.
Estas condiciones incluyen talento humano, infraestructura, innovación, seguridad jurídica, estabilidad económica e instituciones eficientes. La competitividad no es una herencia permanente: debe construirse y renovarse continuamente.
Un entorno internacional más complejo
Costa Rica enfrenta condiciones internacionales considerablemente más exigentes que las de décadas anteriores. La Cepal, en su reciente informe Perspectivas del Comercio Internacional de América Latina y el Caribe, advierte sobre una profunda reconfiguración del comercio mundial, caracterizada por tensiones geopolíticas, proteccionismo, competencia tecnológica y reorganización de las cadenas globales de valor.
Sin embargo, también señala que el comercio internacional continúa creciendo, aunque sus beneficios se distribuyen de manera desigual. Este escenario genera riesgos, pero también oportunidades para atraer inversiones que buscan diversificar sus localizaciones y acercarse a los mercados internacionales. La competencia por esas inversiones es cada vez más intensa.
Las multinacionales evalúan no solamente los incentivos fiscales, sino también la disponibilidad de talento, los costos operativos, la infraestructura, la seguridad y la capacidad de innovación de cada país.
Los problemas internos que estamos acumulando
La economía costarricense efectivamente se está desacelerando. El Banco Central proyectó en julio un crecimiento del 3,4% para 2026, revisando a la baja sus estimaciones anteriores. También reconoció una desaceleración de la actividad económica y la persistencia de condiciones inflacionarias inferiores a su meta. Aunque una desaceleración no equivale necesariamente a una pérdida estructural de competitividad, existen señales que justifican preocupación.
La primera es la apreciación del colón, que ha encarecido en dólares los costos de operación de las empresas exportadoras. Esto afecta tanto a las manufactureras como a las exportadoras de servicios corporativos, especialmente aquellas cuyos ingresos se generan en dólares y cuyos costos laborales y operativos se pagan principalmente en colones.
Una segunda dificultad es la creciente brecha entre la oferta y la demanda de trabajadores calificados. La escasez relativa de determinados perfiles técnicos y profesionales presiona los salarios al alza y limita las posibilidades de expansión empresarial.
A ello se suman el deterioro de carreteras y puertos, los elevados costos logísticos y las dificultades para trasladar trabajadores hacia los lugares donde operan las empresas.
Por último, la creciente inseguridad ciudadana constituye otra amenaza. Además de aumentar los costos de protección y operación, puede deteriorar la imagen internacional de Costa Rica como destino seguro para invertir y trabajar.
Estos problemas no surgieron de la noche a la mañana. Son el resultado de debilidades estructurales que no hemos atendido con suficiente oportunidad.
La política monetaria también merece una revisión
La apreciación del colón requiere especial atención. Si bien responde a diversos factores, incluyendo la disponibilidad de divisas, sus efectos sobre la competitividad exportadora no pueden ignorarse. Una apreciación persistente, cuando no está acompañada por aumentos equivalentes de productividad, puede reducir los márgenes empresariales, desalentar nuevas inversiones y afectar el empleo.
Por ello, resulta conveniente revisar la orientación de la política monetaria y su interacción con la política cambiaria, sin comprometer la estabilidad de precios ni la independencia del Banco Central. Esta revisión debería considerar el comportamiento de la inflación respecto de su meta, las tasas de interés reales, los flujos de capital y sus efectos sobre el tipo de cambio.
No se trata de establecer artificialmente un tipo de cambio ni de regresar a esquemas cambiarios rígidos. Se trata de evaluar si existe espacio para una política monetaria menos restrictiva que contribuya a reducir las presiones de apreciación y apoye la actividad económica.
Esta discusión cuenta con respaldo técnico. El FMI recomendó recientemente una mayor flexibilización monetaria para favorecer el retorno de la inflación a su objetivo, aunque también señaló que la intervención cambiaria debería limitarse a situaciones de desorden en el mercado.
La inteligencia artificial cambia las reglas de competencia
Existe otro desafío particularmente importante para las exportaciones de servicios modernos. La inteligencia artificial está transformando los procesos empresariales, permitiendo automatizar tareas, reducir costos y reorganizar operaciones internacionales. Para Costa Rica, esto representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad.
Las actividades intensivas en tareas rutinarias podrían enfrentar reducciones de empleo o traslados hacia otras localizaciones. Pero también podrían surgir oportunidades en desarrollo de software, inteligencia artificial, ciberseguridad, análisis de datos, ingeniería e investigación y desarrollo.
En un reciente informe, la UNCTAD advierte de que los servicios digitales constituyen uno de los componentes más dinámicos del comercio mundial, aunque aprovecharlos requiere capacidades tecnológicas y talento especializado. Nuestro desafío no consiste en competir ofreciendo trabajadores relativamente baratos, sino en ofrecer talento capaz de utilizar tecnologías avanzadas para generar mayor valor agregado.
Recuperar la competitividad exige una agenda nacional
Costa Rica necesita una estrategia integral de competitividad que trascienda los esfuerzos aislados. Esta debe priorizar la formación de talento, la modernización de infraestructura, la seguridad ciudadana, la reducción de costos operativos y la transformación digital de las empresas.
También requiere fortalecer la coordinación entre instituciones públicas, sector privado y universidades, con objetivos concretos, responsabilidades definidas y mecanismos de evaluación.
El país conserva fortalezas importantes: experiencia exportadora, instituciones especializadas, capital humano y una reconocida trayectoria de atracción de inversión extranjera. Pero ninguna de estas ventajas garantiza el éxito futuro.
El verdadero riesgo no es solamente perder empleos o inversiones hoy. Es permitir que el deterioro de nuestra competitividad limite las oportunidades de desarrollo de las próximas generaciones.
rmonge@academiaca.or.cr
Ricardo Monge González es presidente de la Academia de Centroamérica.
