Hace unos años, por motivos de estudio, viví unos meses en el Trastévere, el barrio de Roma, y desde mi apartamento en la Vía Garibaldi, todos los días divisaba a un viejo vendedor de periódicos, como reliquia de un tiempo que era medido en largas tiras de papel impreso. Era un vetusto y majestuoso paquistaní de barba, imponente y respetable, y lo bauticé Mustafá, uno de los nombres con los que me llamaba mi tía Sandra en la niñez.
Mustafá a veces se parqueaba en la esquina del Caffè Settimiano, el preferido del poeta español Rafael Alberti mientras vivió en Roma, en un esmirriado banquito, pero casi siempre pateaba las calles en busca de clientes, envuelto en un amplio bolsón que le atravesaba el cuerpo enjuto, donde acumulaba los periódicos, como han hecho los repartidores desde hace dos siglos. Y es posible que ya no hagan más.
Era un hombre mayor y de gesto reconcentrado, y me maravillaba el rutinario entusiasmo para multiplicarse ofreciendo periódicos en varios idiomas a los transeúntes que cruzaban por cualquier parte y sin mirar los carros y las Vespas en el ruidoso laberinto de frenéticas y serpenteantes calles de eso que Alberti denominó acertadamente “Roma, peligro para caminantes”.
Cada vez que he ido a una ciudad extranjera, incluso en China, he comprado periódicos, aunque no entendiera nada. Nací rodeado de revistas y periódicos; trabajé en uno durante décadas, en el que sigo escribiendo esta columna, como hacen los holandeses robándole una tercera parte de su territorio al mar, o las mariposas monarca que emigran una vez al año en un viaje misterioso de 5.000 kilómetros, tercamente, y percibo el mundo, el espacio y el tiempo de izquierda a derecha, como leemos en Occidente. Leo el mundo.
Así que le compré periódicos italianos a Mustafá, que no pude leer con mi pobre italiano de ciao y arrivederci, y que probablemente él tampoco podía leer, siendo emigrante, y también algún diario francés, porque era lo mínimo que podía hacer por lo que siempre he considerado uno de los oficios más nobles.
Un oficio, como sabemos, en vías de extinción, porque, aunque estoy convencido de que la información es necesaria como el aire, y de que siempre habrá periódicos, estos ya no se venden en las calles ni se vocean las noticias de última hora, ni se publican extras como cuando Estados Unidos invadió Panamá en 1989, o estallaron las Torres Gemelas en 2001, que fueron acontecimientos que marcaron mi vida como periodista. Ni la vida de las ciudades es ahora una plaza pública, sino privada.
Pensé en Mustafá hace unos meses cuando el presidente Emmanuel Macron condecoró al paquistaní Alí Akbar con la Orden Nacional de Mérito, la segunda distinción más importante que otorga Francia, cuando cumplió 50 años de vender y vocear periódicos en una esquina de Saint-Germain-des-Près.
Macron le entregó la medalla a Ali con una de las mejores definiciones que conozco de lo que es el periodismo: “Usted ha llevado, si puedo decirlo, el mundo en el extremo del brazo”. Ambos se conocían desde la época en que el paquistaní vendía cientos de ejemplares de Le Monde al día y Macron era un desconocido estudiante universitario en el Barrio Latino.
Ya casi no hay voceadores. La desaparición de la prensa impresa en Occidente ha sido vaticinada desde hace décadas –sorprendentemente, crece en India y Japón–, sin que se logre cumplir el augurio, y ha persistido, tercamente, como los holandeses o las mariposas monarca.
El periodismo independiente es ahora más necesario que nunca. En un mundo de oscuridad y totalitarismo, de sordo populismo y desmemoria, de incertidumbre y desinformación, pienso que los periódicos, al menos los buenos, siguen iluminando el camino.
carlos.cortes.z@gmail.com
Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).