Columnistas

El último vendedor de periódicos

Un vendedor de periódicos en Roma y otro en París evocan la desaparición de un oficio emblemático de las calles y recuerdan que llevar el mundo a los lectores sigue siendo una de las tareas esenciales del periodismo independiente

Entrevista Carlos Cortés
"Nací rodeado de revistas y periódicos, y trabajé en uno durante décadas, en el que sigo escribiendo esta columna", afirma Carlos Cortés. Alonso Tenorio

Hace unos años, por motivos de estudio, viví unos meses en el Trastévere, el barrio de Roma, y desde mi apartamento en la Vía Garibaldi, todos los días divisaba a un viejo vendedor de periódicos, como reliquia de un tiempo que era medido en largas tiras de papel impreso. Era un vetusto y majestuoso paquistaní de barba, imponente y respetable, y lo bauticé Mustafá, uno de los nombres con los que me llamaba mi tía Sandra en la niñez.

Mustafá a veces se parqueaba en la esquina del Caffè Settimiano, el preferido del poeta español Rafael Alberti mientras vivió en Roma, en un esmirriado banquito, pero casi siempre pateaba las calles en busca de clientes, envuelto en un amplio bolsón que le atravesaba el cuerpo enjuto, donde acumulaba los periódicos, como han hecho los repartidores desde hace dos siglos. Y es posible que ya no hagan más.

Era un hombre mayor y de gesto reconcentrado, y me maravillaba el rutinario entusiasmo para multiplicarse ofreciendo periódicos en varios idiomas a los transeúntes que cruzaban por cualquier parte y sin mirar los carros y las Vespas en el ruidoso laberinto de frenéticas y serpenteantes calles de eso que Alberti denominó acertadamente “Roma, peligro para caminantes”.

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