Columnistas

El persistente estigma de la letra escarlata

Educamos a nuestras hijas para protegerlas de ellos, mientras que el sistema funciona para que ellos se protejan entre sí de las consecuencias de sus delitos

La demandante usó el nombre genérico de “Jane Doe” para denunciar el asalto sexual múltiple que no pudo frenar al estar bajo los efectos del alcohol y de una cantidad considerable de estupefacientes.
La demandante usó el nombre genérico de “Jane Doe” para denunciar el asalto sexual múltiple que no pudo frenar al estar bajo los efectos del alcohol y de una cantidad considerable de estupefacientes.

FIRMAS PRESS.- Uno podría tener la falsa impresión de que el argumento de La letra escarlata, la célebre novela del autor estadounidense Nathaniel Hawthorne, pertenece a un pasado lejano. A fin de cuentas, Hawthorne la publicó en 1850 y la trama discurre en la puritana Nueva Inglaterra de principios del siglo XVII.

Nada más lejos de la realidad. El escarnio público del que es objeto la protagonista de la obra, Hester Prynne, señalada como adúltera en aquel entonces, sigue estando muy presente a la hora de juzgar a las mujeres por una supuesta promiscuidad sexual, sobre todo si se trata de mujeres jóvenes en comparación con varones de igual o parecida edad. En la ficción, Hester Prynne es obligada a afrontar el repudio exhibiendo en el pecho la letra “A” de adúltera, con el agravante de haber concebido una hija fuera del matrimonio. En aquella época, los juicios se celebraban en la plaza pública, donde la condenada era humillada por la multitud.

Actualmente, el menosprecio y la condena social se divulgan por medio de las redes sociales. Y la letra escarlata de turno se les cuelga virtualmente a las jóvenes que son calificadas de “fáciles”, “zorras” o “putas”, por varones que las perciben y usan como divertimento desechable.

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