¡Señora, señora, señora! Me gritaba, mientras se chupaba los labios y enseñaba los dientes, un tipo montado en una bicicleta, una mañana de estas que andaba ejercitándome. Estábamos a la par de un semáforo donde, casi todos los días, debo soportar el acelerador de algún chofer que exige el peatonal para sí.
Cuando una sociedad como la nuestra incorpora desde el poder una masculinidad política basada en la intoxicación del yo, el insulto y la humillación, las que recogemos el costo cotidiano de esa transformación somos las mujeres, que pasamos a valer menos de lo que ya valemos.

Una lo siente en los hombres de su alrededor –a veces también en los más inclusivos o progres– que tienen ese aire de superioridad que siempre han tenido, pero ahora peor. Ahora nos explican las cosas, pero más duro; nos arrinconan en las aceras más rápido; nos ignoran en las reuniones, con más espontaneidad; nos silban y señorean en las calles, más impunes; nos excluyen de su man cave, más alegres.
Nosotras los sentimos: andan sacando más el pecho, más a sus anchas, con sus pitos, muflas infladas e insultos. Como más señorones. Responden positivamente al trastocamiento del orden simbólico masculino que Rodrigo les representa y lo manifiestan con esos gestos concretos, en todos los espacios: los ocupan material y simbólicamente, mientras nos quieren arrinconar en el ejercicio de calcular por dónde y cuándo andar.
Nosotras lo vemos, lamentándolo, en el coro de ellas, criadas para justificar y defender al hijo abusivo; entrenadas para agradar. Ahí están, defendiendo con servilismo a un sujeto que, cuanto más apoyo recibe, más las despreciará.
En esa medida, y como reportan varios informes, nos estamos volviendo sujetas más constantes de ataques. Zapote se está metiendo en las calles, atacando nuestro derecho a circular; en las redes, donde somos insultadas agriamente y convocadas a servir al marido a cambio de que “nos resuelva”; en el trabajo, con mayor ninguneo y ofensas; en las casas, con la violencia rigiendo.
Para ellos, la agresividad es su forma de ocupar el territorio; para nosotras podría ser un motivo para abandonarlo. Podría ser, si nos dejáramos intimidar.
Pero, Rodrigo, cinco años pegando alaridos y echando bilis por los ojos no nos impresiona a ninguna. Para nosotras, sos un viejo conocido: casi todas crecimos con un tipo así. Nosotras conocemos bien esa gramática del cuerpo: el que quiere que le regalen la chiquita, se chupa los dientes mientras nos mira, se nos pega y nos echa el aliento, nos grita desde un carro, nos sigue, nos infantiliza, nos silencia y etiqueta; el que no acepta un no y ve en nuestro silencio su ventaja.
Podría ser, si nos dejáramos. Pero sabemos que, con nosotras así –pateadas– existe lo que la filósofa española Celia Amorós llamó un déficit de legitimidad democrática: la usurpación por los varones del ámbito de lo público, posando una autoridad que en realidad no tienen.
Que pose lo que quiera, entonces. Nosotras sabemos reconocer al Padre Ubú. Y también sabemos quién es Lilith.
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Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
