Los sistemas políticos europeos se desestabilizan ante las protestas que surgen de diversos movimientos sociales.
España, Francia, Italia, Portugal, Bélgica, Albania, Grecia y Serbia estallan en protestas que reflejan motivos comunes y revelan la interacción de diversas crisis que aceleran otras nacionales preexistentes.
Ignorar la singularidad de cada país impide comprender la diversidad de sus trayectorias. Las crisis nacionales conservan su dinámica propia, sus raíces históricas y sus lógicas sociológicas.
El malestar europeo se expresa en el marco de coyunturas nacionales particulares, aunque existen denominadores comunes y crisis transversales que vinculan las protestas.
El panorama es complejo: guerra de alta intensidad en Europa, transición geopolítica global, costo de vida e inflación, fallas en los sistemas educativos, vivienda inaccesible, corrupción, derrumbe de los sistemas de partidos, desilusión con la política y desconfianza de los jóvenes, desplome del centro político e ideológico, auge de los extremos y polarización, así como alianzas entre los estudiantes y otros sectores de la sociedad civil.
Esta naturaleza multidimensional de la agitación –geopolítica y de seguridad, económica e industrial, democrática e institucional, social y de identidad– se complica aún más ante las elecciones que se aproximan en España y Francia.
Las reacciones de algunos gobiernos, que apuestan más por la fuerza frente a los desórdenes que por el diálogo, hacen más compleja la salida de la confusión y el desconcierto.
Las migraciones no figuran entre las causas inmediatas del malestar, que es económico y generacional. Sin embargo, los migrantes son utilizados para explicar las protestas o aparecen como parte de explicaciones reduccionistas de los movimientos, como ha hecho Trump.
El origen de estas fracturas sociales no es únicamente doméstico. La prolongación de la guerra rusa de alta intensidad en Ucrania ha obligado a Europa a iniciar una transición hacia el rearme.
En el marco del compromiso de alcanzar e incluso superar el umbral del 2% del PIB en defensa exigido por la OTAN, París y otros gobiernos han aumentado sus presupuestos militares a costa de recortar algunas partidas esenciales. Esta redirección de los recursos hacia el gasto bélico debilita el Estado del bienestar.
El aumento del gasto militar restringe la capacidad de maniobra fiscal para ampliar o sostener el gasto social en Francia y actúa como catalizador de los recortes. Sin embargo, no es la causa original del agotamiento del Estado del bienestar, que responde principalmente a la deuda heredada, las reglas europeas sobre el déficit y las dinámicas demográficas del país.
El debilitamiento multicausal del Estado del bienestar se refleja en la precarización de la educación pública, la sanidad y las ayudas para vivienda. El resultado es una profunda brecha generacional: los jóvenes perciben que su futuro se sacrifica en el altar de la geopolítica y la tecnocracia, lo que ha desencadenado manifestaciones masivas.
En este escenario, la respuesta política europea se ha fragmentado. Francia e Italia han optado por la austeridad fiscal y una contundente respuesta policial frente a los disturbios urbanos, una estrategia que ha avivado el conflicto en vez de apaciguarlo.
Los países ibéricos han adoptado otro enfoque. Aunque tanto España como Portugal han incrementado sus presupuestos de defensa para cumplir con sus aliados, lo han hecho protegiendo, en la medida de lo posible, el crecimiento económico y evitando recortes drásticos. Este pragmatismo busca contener el descontento social mediante el sostenimiento de los servicios públicos.
El eco más profundo del malestar juvenil se ha registrado en la periferia de la integración europea. En Serbia, un movimiento de protesta liderado por estudiantes ha logrado una contundente victoria en las elecciones parlamentarias. Lo que comenzó hace casi dos años como una oleada de manifestaciones contra la corrupción y en favor de la rendición de cuentas se estructuró de manera inédita.
Este hito no solo marca una profunda transición democrática en los Balcanes, sino que también redefine el panorama continental al ofrecer una demostración para el resto de los movimientos estudiantiles: la indignación puede traducirse con éxito en una alternativa de gobierno.
Las crisis que estremecen al continente no representan un fenómeno pasajero, sino una mutación. El descontento que recorre las calles de París, Madrid, Lisboa o Milán, sumado al vuelco democrático en los Balcanes, evidencia que los viejos consensos institucionales ya no bastan para contener las demandas de una ciudadanía golpeada por la inflación, el deterioro del Estado del bienestar y las exigencias de una economía de guerra.
El futuro de la integración europea dependerá, en gran medida, de la capacidad de Bruselas y de los Estados nacionales para procesar esa inestabilidad. Mientras algunos gobiernos ensayan respuestas basadas en la rigidez presupuestaria y la contención policial, el pragmatismo del bloque ibérico y la irrupción institucional de los movimientos juveniles en el este trazan otros caminos.
En última instancia, el desafío de Europa no reside en acallar la protesta, sino en canalizarla democráticamente. Una red de crisis singulares, con causas diferentes, amenaza con poner en duda la Unión Europea y su lugar en el sistema internacional.
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Constantino Urcuyo es abogado y politólogo con un doctorado en Sociología Política de la Universidad de París.
