Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, lo anunció emocionado: “Nos aseguraremos de que toda la gente pueda verlo, de que sea público, porque la gente necesita entender que este tipo de cosas tienen graves consecuencias”. Se refería al fusilamiento de Nidal Malik Hasan, un exmilitar estadounidense que mató a 13 personas en una base militar en Texas. Condenado y confeso, Hasan enfrentará pronto un pelotón de fusilamiento y todos estamos invitados al espectáculo.
Es grotesco y anacrónico. Creíamos que las ejecuciones públicas eran asunto de otras épocas, o de otros actores. Hoy, solo se aplican en regímenes totalitarios y fanatizados o por organizaciones terroristas, como cuando al-Qaeda difundió unos videos terribles en 2004. Hombres armados y enmascarados. Un hombre de rodillas, atado, con los ojos vendados y vestido con un mono anaranjado. Los enmascarados lo empujan al suelo y gritan “Dios es el más grande”, mientras uno de ellos le corta la cabeza con un cuchillo grande y luego la levanta para que la capte la cámara. Tres videos, tres ejecuciones, tres grabaciones públicas. El mundo miró horrorizado. En 2014, el Estado Islámico (ISIS) repitió la escena, haciendo pública la ejecución de dos periodistas estadounidenses y dos trabajadores británicos de ayuda humanitaria. Otra vez, el mundo miró horrorizado.
Hoy, apenas 12 años después, otra vez se anuncia una ejecución que será transmitida en vivo para que todo el mundo la pueda ver, solo que esta vez ocurrirá en los Estados Unidos de Donald Trump.
