En los últimos meses, ha proliferado en las redes sociales el uso del adjetivo “zurdos” para descalificar cualquier acción u opinión relacionada con la defensa de los derechos humanos, la dignidad humana o la tutela de las garantías y libertades individuales.
Es importante precisar que calificar como “zurdos”, en sentido negativo, a quienes se oponen a las acciones estatales que afectan las garantías individuales contempladas en la Constitución Política y en los tratados internacionales de derechos humanos, en realidad supone desconocer una corriente de pensamiento crítico y filosófico denominada “humanismo”.
Humanismo democrático
El humanismo se caracteriza por ser antropocéntrico, es decir, por colocar al ser humano en el centro de la vida. Asimismo, promueve el pensamiento crítico, desde diferentes perspectivas, frente a todas las acciones que se impongan sobre las personas o atenten contra ellas. Desde un punto de vista racional, el humanismo da preponderancia al desarrollo intelectual, cultural y político del ser humano.
Sin democracia, el humanismo no puede alcanzar sus propósitos, ya que aquella es la estructura civil y política que permite hacer realidad dos principios humanistas de orden jurídico: pro homine y pro libertatis. La autonomía de la voluntad de las personas y el ejercicio de sus libertades, sin restricciones ilegítimas, son pilares fundamentales que solo pueden alcanzarse en una democracia plena.
El autodesarrollo pleno y libre de las capacidades intelectuales y morales de los ciudadanos se inspira en el humanismo. Por eso, se debe rechazar cualquier gobierno que imponga un molde de pensamiento o de conducta propio del autoritarismo.
Populismo
Todos los extremos son malos. Por eso, tener convicciones ideológicas humanistas no convierte políticamente a una persona en alguien de extrema izquierda. Precisamente, se pretende confundir a la población al estigmatizar a los humanistas con el mote de “zurdos”, con el fin de descalificar falazmente sus argumentos y asociarlos, de manera errónea, con el “comunismo”.
El populismo, tanto de izquierda como de derecha, genera este tipo de confusiones deliberadamente. Para ello, construye enemigos y manipula a la población mediante narrativas absurdas, vinculadas a sus intereses políticos, con el fin de perpetuarse en el poder.
Sus promotores se aprovechan de la ignorancia y del resentimiento social o político para distorsionar la concepción humanista de los “zurdos”, por la sola razón de que estos son opositores políticos del líder populista.

Si ser ‘zurdo’...
Si ser “zurdo”, o humanista, es destacar la importancia de la separación de poderes como fundamento y soporte democrático de un Estado de derecho, de acuerdo con una interpretación correcta –y no errada– de las ideas de Montesquieu, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es defender el respeto a los mecanismos de control constitucionalmente establecidos, como la Contraloría General de la República (CGR) y el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), para que ejerzan sin obstáculos su función fiscalizadora sobre el buen uso de los recursos públicos conforme a la ley, o lleven a cabo el control transparente de los procesos electorales democráticos, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es defender el Estado social de derecho, que dio preponderancia a la educación pública para evitar la ampliación de las brechas sociales, las cuales se han ensanchado cada vez más en los últimos años debido al descuido de la infraestructura y la logística, producto de los recortes presupuestarios, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es defender la salud pública y a instituciones como la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), que, al dar preponderancia a la justicia social, han brindado durante décadas servicios de calidad a los ciudadanos en los Ebáis y los centros hospitalarios, pero que hoy se ven ahogadas técnica y financieramente, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es exigir el respeto al debido proceso en el sistema de justicia, cuyos derechos y garantías legitiman las resoluciones de los tribunales apegadas al principio de legalidad, porque cuando claudica la justicia, el sistema democrático cae, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es defender la independencia del Poder Judicial y de otros órganos esenciales, como el Ministerio Público y el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), que requieren urgentemente los recursos económicos indispensables para afrontar un crimen cada vez más sofisticado y violento, pero que les son negados mediante actos de prevaricación, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es reivindicar la esencia humana de las personas privadas de libertad, quienes deben ser tratadas dignamente, sin concebir las cárceles como lugares de vejación y sufrimiento, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Si ser “zurdo”, o humanista, es oponerse a la instauración arbitraria de “estados de excepción”, porque limitan las libertades de los ciudadanos y facilitan la arbitrariedad policial, entonces me jacto de ser “zurdo”.
Derechos y garantías
Exigir respeto a los derechos humanos no equivale a defender los derechos “de los delincuentes”, como se ha afirmado, sino a reconocer que estos derechos pertenecen a todos los ciudadanos.
Irónicamente, en mi experiencia profesional, he visto cómo personas que criticaban duramente los derechos y las garantías procesales terminan necesitándolos tarde o temprano. Esto ocurre cuando ellas mismas o un familiar cercano, por las vicisitudes de la vida, deben enfrentar un proceso judicial. Entonces, reclaman el respeto al debido proceso, que antes sostenían que solo servía para beneficiar a la delincuencia.
Nunca se sabe si, en algún momento, el discurso de los “zurdos” sobre el debido proceso, del que tanto se mofan sus críticos, terminará evitando una injusticia contra ellos mismos. Hoy están en el poder; mañana, no se sabe.
En todo caso, prefiero que me consideren “zurdo” y no “facho”.
jfcampos@lexpenal.cr
J. Federico Campos Calderón es abogado penalista.
