Elegir algunos nombres entre sus grandes cultores es una tarea difícil. En esta ocasión, sin embargo, quiero detenerme en Julio Cortázar, aun a sabiendas de que dejo de lado a escritores de la talla de Borges, Fuentes, García Márquez, Quiroga y Rulfo, entre muchos otros. Me ocuparé de uno de sus cuentos más conocidos: La autopista del Sur.
Conviene partir de una consideración sobre la relación entre literatura y realidad. Al recrearla, el escritor puede convertirla en metáfora, símbolo o instrumento de reflexión. También puede llevarla más allá de sus límites visibles para revelar aspectos que, en la experiencia cotidiana, pasan inadvertidos. Esta capacidad resulta particularmente sugerente en la literatura de ciencia ficción.
En Los mundos de la ciencia ficción (1988), Umberto Eco plantea que este género se construye a partir del principio de la “conjeturalidad”: una conjetura, surgida de tendencias y circunstancias del mundo real, da origen a un mundo ficcional. Según la Real Academia Española, conjeturar consiste en “formar juicio de algo por indicios y observaciones”.
Traigo esta idea a colación para volver, en un ejercicio de lectura y memoria, a La autopista del Sur. En este cuento, Cortázar toma una experiencia tan común como los embotellamientos de tránsito y la transforma en una ficción desmesurada. La presa, ese tormento cotidiano que hoy nos avasalla día tras día, se convierte en el punto de partida de una metáfora sobre la convivencia humana.
La historia transcurre un domingo por la tarde, en la autopista que comunica Fontainebleau con París. Seis filas de automóviles permanecen detenidas en un embotellamiento monumental. Nadie sabe cuánto durará ni qué lo ha provocado. El narrador describe un escenario en el que “no mediaba un metro entre un carro y otro y no se conocían los motivos del paro”; una carretera convertida en “selva plena de máquinas pensadas para correr”. El ambiente se vuelve insoportable entre “reflejos chirrientes”, “grietas en el pavimento” y una “guerra de bocinas e insultos”. Entre los pasajeros, una “muchacha que miraba constantemente la hora” parece resumir la impaciencia de todos.
Las horas transcurren bajo el calor del verano. Los viajeros comienzan a salir de sus vehículos y, poco a poco, se establece una primera comunicación entre conductores, acompañantes, niños, monjas y demás pasajeros. Lo que en principio es una multitud de desconocidos empieza a organizarse como una pequeña comunidad.
Así nace el microcosmos de Cortázar. En él afloran las angustias, los contratiempos, la desesperación, las noticias inquietantes, las preocupaciones, las impaciencias, los dolores, los amores y las pasiones. Como en cualquier sociedad, aparecen también la solidaridad y el egoísmo, la generosidad y el afán de sacar provecho de las circunstancias.
Se forman grupos de poder, se establecen formas de comunicación entre los ocupantes de los automóviles y surgen mecanismos para distribuir y vender alimentos. Mientras algunos aprovechan la necesidad ajena, otros comparten lo que tienen.
La convivencia impuesta por el embotellamiento termina reproduciendo, en pequeña escala, las relaciones y tensiones de una sociedad.
El tiempo adquiere, además, una dimensión simbólica. Lo que comienza como una espera de unas horas se prolonga durante aproximadamente un año, periodo que se reconoce, entre otros acontecimientos, por el nacimiento de un niño. Justo cuando el cuento se acerca a su desenlace, la presa empieza a deshacerse y los automóviles recuperan la marcha.
Hay otras lecturas que merecerían mayor espacio. Una de ellas tiene que ver con la manera en que Cortázar identifica a las personas a partir de las marcas y los modelos de sus vehículos.
El automóvil funciona como carta de presentación y termina sustituyendo, en buena medida, el nombre y la identidad de sus ocupantes.
Así aparecen “el ingeniero del Peugeot 404 [...], las monjas del 2HP [...], una muchacha en un Dauphine [...], un pálido señor que conduce un Caravelle [...], un matrimonio con su hijita en un Peugeot 203 [...], un matrimonio campesino en un Ariane [...], dos jovencitos molestos en un Simca [...] y dos hombres con un niño rubio en un Taunus [...]”.
También dice que “el Ford Mercury prometió conseguir más comida para al día siguiente pero al doble de precio [...]”, que un Porsche siguió “controlando el mercado negro” y que “al matrimonio del Peugeot 2023 le importaba, sobre todo, no perderse los juegos televisados de las nueve y media”.
Esta identificación resulta reveladora: los vehículos no solo distinguen a los personajes, sino que también sugieren su posición social, sus intereses y sus posibilidades. En medio de la inmovilidad de la autopista, cada automóvil representa un pequeño mundo y, a la vez, una pieza de ese universo colectivo.
Volvemos así a la relación entre literatura y sociedad y al principio de conjeturalidad propuesto por Eco. Cortázar parte de una situación reconocible y la lleva hasta sus últimas consecuencias mediante la exageración y la ficción.
El embotellamiento se convierte en un microcosmos donde se reproducen, de manera hiperbólica, las relaciones de poder, los conflictos, las desigualdades y las formas de solidaridad que caracterizan la vida en sociedad.
Leído hoy, el cuento adquiere una resonancia particular. ¿Hasta qué punto ese mundo ficcional, concebido a partir de una experiencia cotidiana, nos devuelve una imagen de nuestras propias circunstancias? La pregunta no pierde vigencia. Basta observar nuestras carreteras, nuestras interminables presas y las reacciones de quienes quedan atrapados en ellas para reconocer algunos de los comportamientos que Cortázar llevó a la literatura.
amalia.chaverri@gmail.com
Amalia Chaverri es filóloga.