Lo que estos informes parecen señalar es un desplazamiento significativo: los modelos actuales responden desde un lugar cada vez más cercano a la intimidad. La herramienta que en un principio estaba destinada a informar y a analizar, comienza a ocupar otro territorio: el de la orientación subjetiva. Ya no se busca solamente una respuesta, sino también a un amigo.
Las propias estimaciones de los proveedores de la inteligencia artificial (IA) indican que alrededor de un millón de usuarios experimentan semanalmente episodios de psicosis o manía vinculados a esta tecnología; 2,25 millones desarrollan apego emocional intensificado y 15 millones mantienen relaciones no saludables con estos sistemas.
Ante este fenómeno, se imponen algunas preguntas: ¿cómo es posible que una tecnología se convierta en continente de las ansiedades y fantasías humanas? ¿Qué lleva a alguien a convertir a un chatbot en un interlocutor de la vida psíquica? ¿Qué se construye en un espacio asediado por la falsa empatía y la condescendencia? ¿Qué utilidad tiene para las compañías la extracción de datos y patrones psicológicos y emocionales?
En IA, el servilismo –o sycophancy– se refiere a la tendencia de un modelo a estar de acuerdo con las creencias o prejuicios de un usuario, en lugar de proporcionar información precisa y veraz. Sin embargo, el asunto es más preocupante. En 2026, los modelos se reconfiguraron en clave de cercanía, sentimientos y vínculo. Es decir, la proximidad afectiva es ahora el horizonte estratégico.
Los sistemas contemporáneos de IA generativa poseen empatía cognitiva sin afecto genuino, lo que genera vínculos asimétricos y abren la puerta a la explotación emocional. Esta es la misma estructura que define a la manipulación psicopática: simular comprensión emocional sin experimentarla. La interacción con un psicópata es muy peligrosa, porque no se rige bajo un contrato social basado en una empatía emocional que regule la conducta.
Como se advierte, el asunto ya no es si la IA “sabe”, sino, ¿qué estamos haciendo con una tecnología que produce efectos psicológicos reales, sin poseer la base ética que sostiene las relaciones humanas?
Consideremos que, con la IA, no se da el “entre nos”, ese que funciona en distintos lugares. Desde una cafetería hasta un cine, hasta un consultorio. Ese “entre nos” no está dado a priori en las relaciones, sino que se va conformando según la intimidad y la complicidad compartidas. Como el humor, que necesita ese “entre nos” para funcionar, requiere una alianza y cierta camaradería. Como el amor, que necesita ese “entre nos” para derivar, que pide fragilidad, que requiere minuciosidad.
Con un sistema informático no hay “entre nos”, porque no hay “entre”. Ese “entre” es un velo necesario para que pueda leerse un decir, para que algo pueda pensarse. Además, para conversar y para pensar, se requiere de la escucha como telón ético de fondo. Hay poder en escuchar y ser escuchado.
Escuchar-se tiene la potencia de inaugurar posibilidades inéditas. Es un acto que habilita un espacio, que funda un territorio en donde moran los sueños, pensamos otros mundos posibles y descubrimos destinos insospechados.
Es fácil ver el atractivo de autodominio y autoconocimiento que prometen estos sistemas. El desafío no consiste en evitar la IA a toda costa, sino en emplearla sin deshumanizarnos. La clave está en la relación que el sujeto mantiene con esta tecnología: puede ser necesaria, pero nunca exclusiva; puede ser estratégica, pero nunca inocente.
A veces me sorprende la intensidad y la certeza con la que algunas personas romantizan la IA, mientras el mundo se derrumba a su alrededor.
Por mi parte, tenía entendido que el propósito de los progresos tecnológicos es que la pasemos mejor. Pero algo se dañó, porque no parece que la estemos pasando mejor, sino, más bien, parece que la estamos pasando mucho peor.