A fuego lento

En el marco del respeto por las diferencias, ¿por quién votar?

En mayo próximo mi esposa y yo cumpliremos cuarenta años desde el día en el que nos conocimos. Somos padres de dos maravillosas personas, Santiago y Adriana, hoy exitosos profesionales y sobre todo gente de bien. Mi hija y su esposo ya nos hicieron abuelos... ¡y de dos nietos!

También soy cristiano evangélico de nacimiento. Desde aquella casa en Hatillo 1 me enseñaron de Jesús, a orar y leer la Biblia en la iglesia Metodista. Luego en mi juventud, la religiosidad y el fanatismo lograron alejarme. Nunca he podido con tantos juicios de valor e imposiciones un versículo a la vez.

Dicho esto, gracias a los mismos valores cristianos sembrados desde temprano, hoy gozo de una buena relación con Dios fuera de la religiosidad que tanto me espantó. Acepto –no sin dudas e incomprensión a manos llenas– que Cristo es Dios, que su muerte fue redentora, su resurrección fue confirmada por más de quinientos testigos, corroborando todo lo que había dicho y hecho. La decisión personal de haber puesto mi confianza en El, me ha dado una mejor vida hoy y esperanza para el mañana. Estoy convencido que ofrece paz interna a todos sin distinguir color, estatura, género, estilos de vida o preferencias de tipo alguno.

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