
Si usted, dominical y desocupado lector, escoge arbitrariamente una de las muchas imágenes que este diario le ofrece hoy y trata de escribir una descripción que intente transmitir, con el mayor detalle y fidelidad posibles, el contenido de la imagen, rápidamente caerá en cuenta de la abismal desproporción entre la capacidad sintética de la imagen y la dificultad analítica de transmitir esa misma información por la vía del lenguaje escrito. Pero eso ya se lo habían dicho antes: una imagen vale más que mil palabras.
El carácter apabullante de esa desproporción ha impulsado un enorme desarrollo de tecnologías de la imagen, que han permitido primero capturarla, bien sea estática (este año cumplimos el bicentenario de la heliografía, precursora de la fotografía) o bien dinámicamente (120 años de la primera proyección cinematográfica).
Una ya muy desarrollada industria de impresión contribuyó a la distribución universal de las fotografías, incorporándolas a los periódicos masivos y a las revistas selectas. La televisión (cuyo primer centenario celebramos también este año) hizo lo propio con las imágenes dinámicas. Pero no es sino hasta hace apenas 20 años que la combinación de Internet y teléfonos inteligentes, que permiten a cualquier persona crear y transmitir universalmente imágenes dinámicas de alta calidad, hace que la imagen se convierta en la vía abrumadoramente dominante en nuestros hábitos de adquisición de información.
Durante aproximadamente ese mismo periodo tienen su inicio esfuerzos intencionales de los gobiernos por alfabetizar masivamente a sus poblaciones. Por casi dos siglos, se ha venido universalizando el acceso a la educación, intentando garantizar que la mayor cantidad posible de ciudadanos adquiera al menos los rudimentos de la lectura y de la escritura, considerados como los medios más expeditos de transmitir conocimientos que enriquecieran la vida y las capacidades de las personas.
Pero para que esto sucediera tuvieron que pasar más de 100.000 años desde la aparición del lenguaje humano, no siendo sino hasta hace apenas unos 5.000 años que nuestra especie es capaz de transcribir ese lenguaje mediante escritura y hace apenas 500 que se desarrolló la tecnología para reproducir esa escritura y distribuirla masivamente.
Hace 2.500 años, Sócrates consideró la escritura una especie de invento del maligno, que debilitaría el uso de la memoria y las capacidades de razonamiento y pensamiento crítico (Imaginemos: ¿qué diría Sócrates ante la ventana de un buscador?). Y la Iglesia católica, 2.000 años después, temió que la imprenta de tipos móviles fuera otro invento del maligno para soliviantar a las hasta entonces bastante sumisas feligresías.
Estas suspicacias con las nuevas tecnologías han estado, y están aún, presentes en la coexistencia de los sistemas de escritura con la omnipresencia de las imágenes, especialmente desde el advenimiento de Internet.
Las advertencias sobre el embrutecimiento progresivo al que nos conducirá la tecnología vienen haciéndose oír hace años, y hay alguna evidencia de que algunas de esas suspicacias no carecen de fundamento. En este mismo diario se llamaba la atención, recientemente, sobre las dificultades de comprensión lectora de muchos estudiantes que acceden a la educación superior. Lo mismo cabe decir de la capacidad para enhebrar ideas, sea en un texto escrito o en una disertación.
Pero de la misma forma en que las presunciones de Sócrates se mostraron infundadamente alarmistas sobre los efectos de la escritura, el propio desarrollo tecnológico parece estarse encargando de mostrar alarmistas las preocupaciones de quienes ven un retroceso en el uso del lenguaje producto del imperio de la imagen.
Resulta ser que el desarrollo tecnológico más reciente y disruptivo se basa en los denominados Grandes Modelos de Lenguaje (o LLM, por sus siglas en inglés) y que su encarnación más masiva, los denominados asistentes de inteligencia artificial (chatbots), requieren, en su interacción con los humanos, el uso del lenguaje, preponderantemente escrito (al menos actualmente). Es decir, para poder acceder al conocimiento que estos sistemas albergan, no queda otra que escribir preguntas o indicaciones (prompts). Si bien cualquier lenguaje generará algún resultado, el buen manejo del lenguaje es condición sine qua non para obtener buenos resultados de estos sistemas. Como lo es el conocimiento previo (sí, memorístico, porque no hay otra forma) para poder discernir si lo que estos sistemas generan hace o no sentido, o si están alucinando.
Así que, aunque estamos aún en etapas de desarrollo, acelerado sí, pero temprano de estas tecnologías y de sus capacidades, no todo parece estar perdido para el lenguaje, que parece estar volviendo por sus fueros, tratando de rescatar territorio invadido por la imagen. Al punto de que ya las imágenes pueden generarse, en estos mismos sistemas, sin ningún correlato real, sino mediante el uso preciso del lenguaje.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.