Nuria Marín Raventós. 7 diciembre, 2019

El físico y matemático William Thomson Kelvin es conocido, entre otros aportes, por la siguiente afirmación: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”. En definitiva, para dirigir responsable y eficientemente hay que medir.

La frase la traigo a colación por preocupaciones muy actuales y pertinentes en torno a la educación, una de ellas fue la decisión de sustituir las pruebas de bachillerato por las llamadas FARO, a las que doy el beneficio de pretender no dejar estancada a una generación en el limbo de la no empleabilidad y la falta de estudios superiores. También resulta muy preocupante la carencia de mecanismos para medir no solo a los estudiantes, sino también a profesores y autoridades responsables de la revisión y gestión curricular.

Si en la métrica nos basamos, los resultados de nuestros estudiantes en las evaluaciones PISA, lejos de mejorar, evidencian que vamos como el cangrejo. Al comparar las notas de las últimas evaluaciones trienales, 2015 y 2018, con relación a las del 2012 —que tampoco fueron buenas— nuestros estudiantes han retrocedido sustancialmente.

Las mediciones PISA determinan el nivel de conocimiento en áreas estratégicas, lectura, matemática y ciencias, claves en un mundo cada vez más competitivo, retador y demandante en las materias conocidas como STEM (siglas en inglés de ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas) nervio y motor de la nueva economía, de la empleabilidad y del éxito de los nuevos emprendimientos. Si contrastamos los resultados del 2018 con los del 2015 y pensamos en términos conformistas, no pareciera que ha habido una baja significativa, pues descendimos un punto en lectura, subimos dos en matemática y bajamos cuatro en ciencias.

Lo alarmante es confrontarlos con el 2012, pues perdimos 10 puntos en lectura, 5 en matemática y 11 en ciencias. Tales resultados ubican a nuestros estudiantes por debajo de la media evaluada y, además, mal frente a otros países. La respuesta de los jerarcas de Educación en estos años no convence: hay que dar tiempo a las reformas para que brinden resultados. Categóricamente, estoy en desacuerdo, los números hablan por sí mismos; hay que cambiar el rumbo, basta con ver lo que ha logrado un país más pequeño que el nuestro: Singapur.

La autora es politóloga.