Jacques Sagot. 10 julio

Sucedió en la estación del metro Concorde. Elegida estratégicamente para la discordia. Una persona de aspecto andrógino, vestida ambiguamente, vociferaba, megáfono en mano. Por poco se tragaba el embudo. Era mi entender que esgrimir este tipo de artillería auditiva constituía un delito, si bien menor, en París. Es justamente por lo cual urgía hacerlo: las leyes están para ser revisadas, modificadas, revertidas si es preciso. Los ciudadanos comienzan por instituirlas y aceptan plegarse a ellas. Luego, decretan una ley en la que promulgan la ley consistente en no deber adherirse a la ley…

Es así como la ley se construye y deconstruye cíclicamente, en esos paradójicos regímenes que conocemos como democracias. Un fenómeno de apoptosis política, si me permiten esta excursión en la biología.

Debemos reír de nosotros mismos. Siempre reír. ¿Para no llorar? Quizás.

Así que el individuo arengaba a la multitud. Encaramado en lo que me pareció ser un tonel de cerveza vacío. Peroraba con una vehemencia y sinceridad que habrían sido capaces de derretir la torre de la plaza Vendôme para retransformarla en mil cañones yacentes sobre la devastación de Austerlitz. Decía, poco más o menos, esto.

“Conciudadanos: me llamo Mario. Hace seis años fui diagnosticado con el trastorno disociativo de doble personalidad. Nadie sabe cuánto he sufrido con ello. Durante el día soy Mario, sí, pero al llegar la noche me transformo en María. Nada puedo hacer por evitarlo: vean mi rostro, oigan mis palabras: ¿Les hago el efecto de un charlatán?

”Mi psiquiatra me dijo que era imposible unificar mis dos hemisferios, que debía aceptar mi propia fractura, mi escisión psíquica. Pero yo he encontrado la manera de reunificarme ontológicamente: casándome conmigo mismo. Sí, amigos y amigas que me escuchan: el automatrimonio: ello me permitirá integrar los dos seres que me habitan y llevar una vida normal y productiva. He decidido, pues, defender la causa del automatrimonio públicamente, y estoy aquí para pedir el apoyo de todos ustedes, en particular de los que han sufrido de este terrible trastorno, el infierno de la duplicidad. Puesto que soy, a un tiempo, Mario y María, resulta evidente que mi matrimonio no sería tipificable como una unión igualitaria, así que no veo en qué estaría irrespetando la ley, ni provocando a los movimientos que se oponen a los derechos de esta comunidad marginada e incomprendida. Acudo, por lo tanto, a las instancias de autoridad laicas que me permitirían legitimar jurídicamente mis autonupcias.

”Mario cuidará de María por el resto de su vida, la amará en la salud como en la enfermedad, en la riqueza como en la pobreza y la honrará hasta que la muerte lo separe de ella. Y María me ha prometido otro tanto. ¿No es cierto, amor mío? (‘¡Sí, ya lo creo que sí, Mario, soy tuya, tuya, por siempre tuya!’). ¿Se dan ustedes cuenta, amigos, amigas? ¡Ella me ama, yo la amo, nos amamos y exigimos que la patria reconozca nuestro inalienable derecho a unir nuestros destinos! ¡De lo contrario, seguiré por el resto de mi vida fracturado, experimentando el horror de la disociación de mí mismo noche tras noche! ¡Conciudadanos: es a su conmiseración y solidaridad que apelo, para llevar a feliz término esta gestión!”

Fraternidad. Aquella persona blandió una pancarta que rezaba “Sí al automatrimonio”. Su fervor —suele ser el caso— fue contagioso. Pronto se acercaron una media docena de personas —hombres como mujeres— esgrimiendo sus respectivos cartelones: “Déjenme-déjennos ser felices”. “Exijo-exigimos nuestro derecho a unificarnos”. “Francia, país de la tolerancia, apoya la autoboda”. “Soy mi propio cónyuge”. “Me-nos amamos”. “Con este anillo me-te entrego mi vida”. En cuestión de minutos, improvisados cánticos reivindicacionistas se propagaron por toda la estación Concorde.

Los curiosos se agolpaban alrededor del encendido orador. Algunos reían, otros profirieron obscenidades e improperios que detuvieron el movimiento de la Vía Láctea por espacio de algunos segundos.

Alguien, por ahí, gritó: “¡Que viva el automatrimonio! ¡Yo soy divorciado de mi anterior yo, y ahora quiero casarme con mi nuevo yo: solo pido que me dejen ser feliz!”. Y otro añadió, los puños crispados en alto: “¡No somos endogámicos o incestuosos: recuerden a Rimbaud: yo es siempre otro!”.

Inevitablemente, tuve que preguntarme cómo habría de oficiarse la ceremonia nupcial. Aquel ser humano, ¿le hablaría a un espejo? ¿Se pondría el anillo a sí mismo? ¿Se autotomaría en sus propios brazos? ¿Cambiaría alternativamente de lugar para responder a cada uno de los juramentos que jalonan el ritual?

Y, de manera no menos inevitable, ¿qué clase de luna de miel habría orquestado para su “pareja”? ¿Cómo se gratificaría —y gratificaría— sexualmente a su compañera-compañero? Aquí, un tropel de imágenes, cada una más grotesca y mórbida que la otra, se abalanzaron sobre mí. No es preciso consignarlas: doy pleno crédito a la imaginación del lector.

Variados sentimientos. Salí de Concorde… ¿Cómo salí? Pues no voy a ser hipócrita. Salí muchas cosas, pero ciertamente no convertido al automatrimonio. Por pasada la perplejidad, sentí consternación. Luego piedad. Después advino una curiosa forma de enternecimiento ante los desvaríos de que es capaz el bicho humano.

Pronto me dejé ganar por el abatimiento. Una sorda irritación no tardó en vencerla. Por fin vino la risa a mi rescate. La risa, sí, la bendita, la eterna, providencial y cálida como una garúa de estío. Y fue con ella que me quedé. Es riendo que he escrito esta crónica. Es riendo que quiero seguir asistiendo a la multiforme comedia que, día tras día, a toda hora, se escenifica en el theatrum mundi. Debemos reír de nosotros mismos. Siempre reír. ¿Para no llorar? Quizás.

Reír con benevolencia, que la carcajada de Satán me es por completo ajena. Una risa como la que nos suscitan Ionesco, Jarry, Allais, Cros, Buñuel, Pinter, Arrabal, Tati. Esa risa que no es sino la más bella manifestación de la fraternidad y la misericordia. En el fondo, un acto de amor.

El autor es pianista y escritor.