Víctor Valembois. 7 diciembre, 2019

John Steinbeck ofreció hace ochenta años a sus compatriotas un desgarrador análisis, en forma de novela de inefable eficacia, con respecto a su propia sociedad.

La obra pinta los avatares de una familia durante la Gran Depresión, en su desesperada marcha hacia el far west, es decir, California, alimentándose todos de rencor mezclado con esperanza.

Un clásico como este no ha de ser puesto en el escaparate de bellezas; debe ser leído y releído por los seres que todavía hacemos el esfuerzo de leer y pensar. Más allá de la letra, veo todo aquello muy aplicable a nuestra realidad y, óigase bien, desde los dos lados de una misma moneda.

¿Cómo no van a estar llenos de rencor y desesperanza nuestros jóvenes universitarios al ver a sus máximas autoridades sin una filosofía de la educación que sí sentíamos con Carlos Monge, Claudio y Fernando, a este lado del Virilla y, al otro, con el aliento de Benjamín?

Los rectores actuales únicamente se aferran al puesto para ser los últimos en granjearse una pensión legal, pero sin ética. ¿Cómo no estallar de ira al observar a algunos magistrados parasitarios, sin un mínimo de legitimidad, anclados a sus “gustitos”? ¿Habrase visto semejante desfachatez de la misma instancia que supuestamente debe equilibrar la balanza de la “ciega” y, por eso, justa justicia?

Acabo de leer sobre un juez penal pillado con las manos en la masa y, así, todo en un medio donde los representantes de la ley se sirven según conveniencia.

Glorias pasadas. Como dice mi querido embajador Stevens, los mayores pertenecemos a una generación que nos hemos apropiado de gran parte del cake único y este matutino, un día sí y otro también, visualiza cómo, si en los años setenta podíamos hablar con orgullo de una educación modelo y de una clase media, ambos elementos ahora son sueños de pasada gloria.

Pero quedémonos con lo académico: suscribo un sesudo artículo publicado en el Suplemento Cultural # 136 de la UNA, donde Felipe Ovares emplea el principio de Peter para referirse a nuestras entidades educativas, no solo universitarias sino en general: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.

Por supuesto, caben honrosas excepciones, pero observemos el uso local, tan patente, en los estamentos de enseñanza, claro, todo puesto en las nubes como “más maestros que soldados”, ideología con la cual, como antimilitarista comulgo, pero que nos puso otra venda en los ojos para no darnos cuenta de que nuestros educadores están pésimamente mal preparados; además, de tanto garaje salen universitarios. Sin base académica sólida, sin hablar ni un segundo idioma decentemente ni el primero, refugiándose en emojis, dibujitos e imágenes.

Pero el colmo es la instancia académica superior, que proclamó, y alabo, que las autoridades policíacas tienen acceso al recinto universitario para que no se convierta en antro de maleantes. A lo mejor se desdice y, de facto, protege a los estudiantes legalmente declarados vándalos.

Con ese cuento, en refrendo de una mediocre dirigente estudiantil de que puede haber sido agua con la que rociaron a los policías: ¡Cómo no, agua bendita tiene que haber sido, con piropos y todo hacia esos humildes servidores del orden! ¿Cómo no va a haber entonces por doquier “uvas de la ira” en el país?

Mal informados. Pero observemos igual el otro lado de la consabida medalla: ¿Cuál derecho asiste a los estudiantes de exigir que sus brochazos y vulgaridades queden estampadas en Ciencias Sociales o donde sea?

Esos edificios son nuestros, no solo de la comunidad universitaria, sino de todos los que tenemos hijos y pagamos impuestos en este país. ¿Cómo legitimar que en la UCR, frente a la Oficina de Salud y la ahora Escuela de Artes Plásticas (antiguamente Ingenierías) figurara para rato una enorme grosería contra el presidente, quien, nos guste o no, constituye la máxima autoridad que hemos elegido en democrática justa?

Señoritos malcriados, mi mamá les daría una buena nalgada y mi papá sacaría la faja: yo se lo agradezco a ambos porque el único “derecho” que teníamos era el deber de estudiar; y la autonomía, la genial institución medieval, no era para proteger a delincuentes ni depravados, sino para defender lo que nos define como seres superiores: la libertad de cátedra, el pensamiento libre.

Se confirma, entonces, por ambos lados de una misma medalla, actual y local, la vigencia de las históricas “uvas de la ira”.

El autor es educador.