Velia Govaere. 7 diciembre, 2019

Hay contrastes realmente odiosos. Ninguno más doloroso que el triste resultado de nuestra educación en las pruebas internacionales PISA, frente a la gesta que nos convirtió en patria de maestros, no de soldados. ¡Qué incongruencia! Más desatino aún, el celo de los responsables de este deterioro por minimizar el impacto. ¡No puede ser!

Hay mil huecos para esconder nuestra miseria. Uno de ellos, el mínimo aumento de cobertura como justificación de peor desempeño. Es razonable, pero apenas explica inmovilismo sin progreso. ¡No se vale aceptar tranquilamente que caminamos como el cangrejo! Hemos retrocedido, en todas las pruebas, y es pobre consuelo ser terceros o cuartos en el barrio latinoamericano.

Hace 70 años, la abolición del ejército nos legó un compromiso: construir la paz sobre cimientos de educación y equidad. No estamos haciendo ni lo uno ni lo otro. Maestros, no soldados, ¿para estos resultados? ¡Qué vergüenza! Si amamos nuestra patria sin ejército, eso no nos exime de querer mejores maestros y una sociedad más equitativa.

La abolición del ejército es el mayor acto definitorio de la excepcionalidad costarricense. Debemos valorar un hecho que coloca a Costa Rica como portaestandarte mundial del paradigma más profundo de la cultura humana.

La sostenibilidad mundial descansa, en última instancia, en un compromiso como el que nuestro pueblo tiene con la paz. Hiroshima y Nagasaki mostraron hasta qué punto es descabellado que las naciones de la tierra esperen de las armas su permanencia sobre el planeta.

Vocación pacifista. Entiendo los discursos que subrayan personajes detrás de acontecimientos. Yo no lo haré. Sin importar su génesis, es hora de acentuar el empoderamiento patrio de la abolición del ejército. Si la independencia nos llegó de Guatemala, la renuncia a las armas, en cambio, nació del alma nacional.

Todo en nuestra historia nos llevó a ese día, culminación de un proceso profundo de repudio a la violencia militar. La grandeza de don Pepe fue su sensibilidad premonitora que reflejó, como en un espejo, la vocación pacifista de este pueblo.

No está exento de peligros convivir desarmados en vecindarios convulsos y ocasionalmente agresivos. La defensa de nuestra soberanía depende de forma extrema de la capacidad decisoria de los instrumentos internacionales, como salvaguarda de los derechos de los pueblos.

Más de una vez, Costa Rica ha puesto a prueba la madurez del ordenamiento jurídico internacional. Con fuerza moral, no militar, Costa Rica ha salido siempre avante, con el heroísmo de evitar sangre derramada.

Para una nación pobre, pequeña y atrasada, todo gasto en armamento es excesivo. Ese es el sentido práctico del ahorro del gasto militar: la liberación de recursos para inversión humana.

La generación del 48 hizo buen uso de ese caudal presupuestario. En él, se sustentó el más formidable desarrollo humano de nuestra historia. Partiendo de un ingreso per cápita menor que el de Guatemala, treinta años después de la renuncia a las armas, superábamos al entorno centroamericano y, sin petróleo y sin recursos extractivos, solo México, Venezuela y Argentina nos aventajaban.

Frutos de la inversión. Esa riqueza fue bien empleada. La esperanza de vida pasó de 47 a 72 años, la mortalidad infantil bajó de 132 a 28 por cada mil nacimientos. El analfabetismo adulto se redujo a la mitad y la cobertura educativa pasó, en primaria, del 70 % al 90 % y, en secundaria, del 20 % al 60 %. La pobreza se contrajo a la mitad, con la mayor movilidad social de nuestra historia. Cuatro de cada diez nuevos empresarios venían de familias humildes.

Una de cal y otra de arena. Paz y democracia sustentaron nuestra encomiable evolución sociopolítica. Pero también creamos un Estado empresario hipertrofiado que no termina de desangrarnos con monopolios, rémoras de nuestra competitividad y abrumantes fardos para la pequeña empresa.

En los ochenta, terminamos endeudados en exceso y nos precipitamos en la peor crisis de nuestra historia. Nuestros índices sociales y educativos retrocedieron. No hemos terminado de pagar esa deuda producto de una ideología estatizante y un paternalismo paralizante.

En los siguientes 30 años, nos insertamos en la globalización y cosechamos los réditos de una población educada. La inversión que llega a Costa Rica apuesta por nuestro capital humano e institucionalidad. Pero nos hemos quedado cortos, encerrados todavía en un modelo que agudiza asimetrías.

Le corresponde a nuestra generación enfrentar los desafíos que tiene nuestra democracia desarmada, pero altamente endeudada y todavía al borde de la insolvencia.

Inequidades. La pobreza se ha vuelto endémica. La desigualdad ha echado raíces difíciles de erradicar. El desempleo se asienta en la baja empleabilidad de la población, producto de un sistema educativo en deuda con calidad y pertinencia.

La mitad de nuestra población, en desempleo o informalidad, no cuenta con cobertura de salud ni tiene expectativa de pensión. La inseguridad hace estragos en nuestra calidad de vida. Todos esos escenarios necesitan de voluntad colectiva para resolverse por caminos cívicos.

La Asamblea Legislativa está haciendo honor a la tan preciada tradición de resolver conflictos “a la tica”. Por eso, es tan contrario al espíritu nacional ver nuestras calles bloqueadas por jóvenes de educación superior con pasamontañas. Nosotros no somos así. No hay hidalguía detrás de la malacrianza.

La abolición del ejército no puede convertirse en retórica vacía, desmembrada de su contenido más profundo de encuentro cívico en búsqueda de entendimiento. No tener ejército encuentra sentido en la voluntad de concertación que nos obliga a construir caminos de esperanza centrados en la concordia.

Otros pueblos han puesto su sello en el desarrollo de la civilización humana con avances tecnológicos, literatura, filosofía y obras de arte. El monumento mundial de Costa Rica fue, en cambio, el valor de desarmarse. Estamos en deuda con esa audacia.

La autora es catedrática de la UNED.