John Andrews. 10 julio

MAZAN, FRANCIA– ¿Qué elemento se convertirá en el próximo acto de guerra en Oriente Próximo? El 12 de mayo, cuatro barcos petroleros —dos de ellos sauditas, uno emiratí y el otro noruego— fueron atacados con explosivos mientras estaban anclados cerca del estrecho de Ormuz. Luego, el 13 de junio en el golfo de Omán, justo pasado el estrecho, otros dos petroleros (uno japonés y el otro noruego) hicieron explosión. El gobierno estadounidense considera que Irán es el culpable obvio, mientras que Irán dice que es víctima de lo que el presidente estadounidense, Donald Trump, llamaría “noticias falsas”.

Independientemente de quién tiene la culpa, es evidente el riesgo de una escalada peligrosa. Después de que Irán derribó un dron de vigilancia estadounidense, han aumentado las recriminaciones mutuas y, con ello, el riesgo de una guerra abierta.

El estrecho de Ormuz, que lleva del golfo Pérsico árabe (incluso la elección del adjetivo es políticamente delicada) al golfo de Omán, para desembocar en el océano Índico, es un cuello de botella por el que pasa un quinto del crudo mundial. La lógica económica dice que cerrarlo, o incluso limitarlo, producirá alzas en los precios del petróleo y una recesión global. La lógica política plantea que amenazar la oferta de principal insumo económico del mundo producirá la intervención militar de Estados Unidos y otras potencias extranjeras, añadiendo con ello otro conflicto regional a los de Siria, Yemen y Afganistán.

Sin embargo, nada de eso es inevitable. Si bien dos actos de sabotaje en un mes ciertamente pueden ser un casus belli, no se ha podido identificar claramente a los responsables. Hasta ahora, Estados Unidos ha dado a conocer un borroso video en blanco y negro y unas cuantas fotografías en colores de una lancha patrulla de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní retirando una mina “lapa” sin explotar de un petrolero japonés. El secretario de Estado, Mike Pompeo, dice que el video demuestra que Irán es culpable. Irán dice que estaba impidiendo más daños y rescatando a 44 marinos inocentes.

Es improbable que surjan pruebas concluyentes. Tanto Francia como el Reino Unido afirman que la evidencia apunta a Irán, pero los críticos de la política exterior estadounidense señalan que Irán es inocente. Uno de estos escépticos es el líder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, quien exige “evidencias creíbles” de la responsabilidad iraní.

Por supuesto, Corbyn tiende a apoyar a todo oponente de Estados Unidos, desde el presidente venezolano, Nicolás Maduro, hasta el presidente ruso, Vladimir Putin (inicialmente se negó a aceptar que Rusia estuviera implicada en el envenenamiento de un desertor ruso en la ciudad inglesa de Salisbury en el 2018). Sin duda, otros en la extrema izquierda seguirán el camino que marque Corbyn.

Si la credibilidad es el problema, ¿por qué no hacer la pregunta jurídica cui bono? Irán parece el candidato más creíble. Tras la decisión de Trump de hace un año de retirarse del acuerdo nuclear con Irán del 2015, conocido oficialmente como el Plan Integral de Acción Conjunto (PAIC), Estados Unidos ha ido asfixiando cada vez más la economía iraní con sus sanciones.

Como consecuencia, las exportaciones petroleras iraníes se han visto reducidas a un relativo chorrito de 400.000 barriles diarios (bpd), en comparación con los 2,5 millones de abril del 2018. Mientras tanto, ha quedado en evidencia la futilidad de los intentos de la Unión Europea de dar a Irán una vía de escape financiera, debido a la amenaza de medidas punitivas de EE. UU. contra los bancos europeos.

El 17 de junio Irán subrayó su desencanto por la falta de apoyo europeo al amenazar con superar dentro de días el límite establecido por el PAIC para el enriquecimiento de uranio del país, lo que habría significado la muerte del acuerdo y elevado el riesgo de que Irán prosiga sus esfuerzos de adquisición de armas nucleares. Considerando este contexto, no sorprendería si Irán, privado de otras armas por ahora, quisiera demostrar su capacidad de causar desorden en el golfo.

Sin embargo, Irán tiene su contranarrativa. La administración Trump, así como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos e Israel, teme la influencia regional de la República Islámica y su intención de generar cambios de régimen. Según este argumento, tal vez EE. UU. y sus aliados fabricaron un incidente del que se pudiera culpar a Irán para limitar aún más su reputación internacional.

Es más, como señala el régimen iraní (apoyado por los medios rusos controlados por el Estado), resulta extraño que se haya atacado un barco japonés justo en momentos en que el primer ministro Shinzo Abe se reunía con el líder supremo Alí Jamenei, en la primera visita de un dignatario nipón a Irán en 40 años. Supuestamente, con ello, Trump le quiso enviar una advertencia.

En tal caso, y dada la aparente disposición de Trump para hablar con el presidente iraní, Hasán Rohaní, quizás el foco de atención debería ponerse en Pompeo y John Bolton, el consejero de seguridad nacional de línea dura que antes de unirse al gobierno el año pasado hizo frecuentes llamados a un cambio de régimen en Irán.

Como muchos en Washington, Bolton y Pompeo comparten la opinión de los gobiernos saudita, emiratí e israelí de que Irán desea convertirse en la potencia hegemónica en Oriente Próximo, aprovechando su apoyo al presidente sirio, Bashar al Asad y sus vínculos con Hizbulá en el Líbano y los hutíes en Yemen. Trump parece estar de acuerdo, pero está mucho menos ansioso de comprometer tropas estadounidenses para contrarrestar las ambiciones de Irán, por no hablar de producir un cambio de régimen.

Por lo tanto, reconforta pensar que la actual crisis no causará un conflicto más peligroso, lo que se refuerza por la decisión de Trump de no tomar represalias por el derribo del dron. Como se vio en la guerra entre Irak e Irán en la década de los 80, Estados Unidos tiene los medios militares para asegurar el paso seguro por el estrecho de Ormuz: su Quinta Flota tiene su base en Bahréin. Además, Catar, cuyas relaciones con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos es de cautela, alberga en su territorio una base aérea estadounidense de gran tamaño. Mientras continúen las exportaciones de gas y petróleo, no tiene mucho sentido para los enemigos de Irán entrar en un creciente juego de quién se arrepiente primero con los fundamentalistas de Teherán.

Si Irán es responsable de los recientes ataques, ha logrado hacer notar su punto. Ahora el rumbo sensato para todos los actores de la región es invocar ese principio básico de la vida política, “la negación plausible”, para evitar la guerra.

John Andrews: exeditor y corresponsal extranjero para la revista “The Economist”, es autor de “The World in Conflict: Understanding the World’s Troublespots” (El mundo en conflicto: comprender los puntos problemáticos del planeta).

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