Por mis abuelos españoles conocí, de primera mano, lo que significa vivir en pobreza. Esa fue la razón por la que migraron a Costa Rica y trabajaron arduamente para que sus hijos y descendientes no pasaran por las mismas carencias.
Precisamente por eso, duelen ciertos comentarios surgidos tras la noticia de que se destinan ¢350 diarios por estudiante para alimentación. Algunas personas afirman que alimentar a los hijos es responsabilidad exclusiva de los padres y no del Gobierno, desconociendo por completo la realidad de quienes viven en pobreza: hogares monoparentales, familias con personas dependientes por discapacidad y sin acceso a redes de cuido. Honestamente, uno se pregunta cómo logran sobrevivir.
También resultó vergonzosa e insensible la respuesta de las autoridades ante la solicitud de restablecer los almuerzos en centros educativos. La contestación fue: “Hagan los ajustes que tengan que hacer, pero no cambien el menú” del PAI. ¿Con cuáles recursos?
Lo cierto es que la reducción de ¢12.000 millones a Fodesaf sacrifica a miles de personas al recortar fondos para programas de equidad, como becas, pensiones para adultos mayores y comedores escolares. Esta decisión implica niños y jóvenes con hambre o mala nutrición, con menos capacidad de aprendizaje. Y la disminución de las becas aumentará la deserción educativa y perpetuará el círculo de pobreza en muchas familias.
Hago un llamado al Poder Ejecutivo para revertir esta decisión y elaborar un presupuesto extraordinario. Sé que las finanzas del país atraviesan momentos difíciles, pero debemos actuar con solidaridad y visión de futuro. La mejor inversión son nuestros niños y jóvenes. Sembrar igualdad y oportunidades siempre dará frutos. Y, en el caso de los adultos mayores sin ingresos, corresponde brindarles un trato digno y respetuoso.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.