Por: Jaime Daremblum.   Hace 6 días

La cita cimera de Estados Unidos con Corea del Norte, celebrada el lunes en Singapur, alentó inicialmente grandes esperanzas de una desnuclearización completa, inmediata y verificable de la nación asiática. Por su parte, Estados Unidos proporcionaría ayuda económica a Pionyang, supuestamente para desarrollar su industria. Trump agregó el rubro de proyectos turísticos en sus “hermosas playas”. Esto último en un país pobre, frecuente presa de hambrunas.

Desde luego, Washington tendería un puente de dólares al régimen de Kim Jong-un con mira al desarme total de su maquinaria y equipamientos industriales y técnicos involucrados en los proyectos nucleares. Toda esta obra estaría sometida a una constante verificación de inspectores especializados.

El único compromiso concreto se reduce a más reuniones de secretarios de Estado y los respectivos cuadros técnicos para dar seguimiento al acuerdo

De esta manera, el despotismo duro, fiero y armado de Kim se adentraría por la vía del desarme y la paz en la vecina Corea del Sur, cuyo actual presidente, Moon Jae-in, fue clave en la gestación de la cumbre. Aparentemente, fueron sus consejos los que avivaron en Trump los deseos de montar un gran espectáculo global cuya estrella sería él mismo.

Por desgracia, al leer y releer la carta de compromiso suscrita en la cumbre se llega a la conclusión de que no dice media palabra sobre el desarrollo democrático norcoreano. El único compromiso concreto se reduce a más reuniones de secretarios de Estado y los respectivos cuadros técnicos para dar seguimiento al acuerdo.

Por otra parte, la reunión de ambos mandatarios, paralela a la de los cuadros técnicos, se dedicó esta vez a una exhibición de Trump para impresionar a Kim con su superautomóvil blindado presidencial. Sin embargo, Kim ya conocía la experiencia de relaciones previas con presidentes estadounidenses, particularmente con Bill Clinton y George W. Bush. De ellas aprendió la ciencia de jugar con el tiempo para su provecho.

Kim ha resultado ser un maestro consumado en ese difícil arte y nada le ha impedido seguir construyendo sus bombas y misiles. De hecho, nadie sabe concretamente cuántas unidades y vehículos posee. El único pareciera ser su gran protector, Xi Jinping, el presidente chino, quien no tiene deseos de ver en su frontera a millares de norcoreanos en fuga. Entretanto, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, anda acongojado por los cohetes de Kim, capaces de arrasar Tokio. No cabe duda de que el gran ganador de la cumbre fue Kim.

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