Jorge Vargas Cullell. 25 marzo

Entiendo las enormes dificultades que enfrentan hoy las autoridades públicas, en Costa Rica y el mundo, al lidiar con la pandemia de la covid-19: están bombardeadas por una tormenta de problemas, la suerte de miles depende de sus decisiones, deben tomar muchas de ellas con información francamente mala y saben que sus compatriotas esculcan cada palabra que dicen para confirmar temores o encontrar esperanza. ¡Qué pesada responsabilidad!

Ojalá logremos acuerdos rápidos, pues estaremos en una situación atroz: a grandes males, remedios innovadores.

Y, en nuestro país, sé lo terrible de encarar esta tragedia con una economía débil, una pésima situación fiscal y cientos de miles sin empleo o con uno precario, viviendo en condiciones de pobreza o vulnerable a ella. Qué fregado debe de ser tomar acciones que agraven problemas de fondo de la economía a fin de reducir el costo humano de la pandemia. Por ejemplo, mandar a millones a sus casas, cerrar escuelas, aliviar deudas para que no haya quiebras masivas de empresas o recortar salarios públicos del personal no esencial para el manejo de la emergencia, cosa que creo inevitable, pues en el sector privado ya se han recortado. Sí, pero, ¿hasta cuándo?

He oído a varios hablar, con esa claridad que da estar sentados en la comodidad de los dogmas, acerca de lo que “debe hacerse”. Es hora, dicen, de hacer reformas estructurales al Estado aprovechando la pandemia. Perdonen: primero pandemia y luego hablamos. Es una cuestión ética elemental. Salvemos vidas y haciendas hasta donde sea posible y, luego, en democracia y dominada la emergencia, discutimos los cambios en la economía y el Estado. Entonces, ojalá logremos acuerdos rápidos, pues estaremos en una situación atroz: a grandes males, remedios innovadores.

Lo que no se vale es meter gato por liebre y atizar las batallas ideológicas de siempre entre tirios y troyanos. Más bien, hay que poner cabeza para salir de este apremio con sentido de humanidad y equidad, promover el liderazgo de muchos en comunidades, empresas e instituciones y lograr que todos metamos el hombro en este reto compartido: ¿Cómo sacar lo mejor del “alma” colectiva?

Está bien sugerir, pero entendiendo que hablamos de vidas; ser vigilantes de las autoridades para que bajo el manto de la emergencia no dispensen favorcitos y exoneren a grupos del sacrificio común, pero no empujarlas hacia una agenda política. En lo personal asumo, en esta emergencia, los sacrificios que vengan y haré a conciencia lo que pueda y deba.

El autor es sociólogo.