Jorge Vargas Cullell. 5 diciembre

El inicio de diciembre, antes que rompan los nortes, son mágicos aquí en el Valle Central. Los días tienen una calidez especial: la luz, más suave, quizá por la posición oblicua del sol, lo acaricia a uno; la vegetación está aún verde vibrante, pues las lluvias apenas se han ido; y los cielos encapotados y las ventiscas todavía no se apoderan del clima. Me encantan, ¡qué decirlo!

Lo fregado es que la situación actual invita a todo menos a la prudencia

Como con todo acto de magia, la ilusión es efímera. Pronto el frío y la llovizna campearán. Imagino que para muchos no hay Navidad y fin de año sin ellos, pero a mí ese clima no me entusiasma. Entiendo, eso sí, que de gustos y colores no hay nada escrito. O, mejor dicho, sí lo hay, pero a nadie les importan los sabihondos y estetas que pontifican sobre ellos. Y Varguitas, ni uno ni otro: de esteta nada, como lo puede atestiguar su esposa, y de sabihondo tampoco, que para eso está el Dr. Vargas.

Pues heme aquí que el buen rollo me pilla en un momento inoportuno. Que una cosa es el tiempo natural y otra, el tiempo social. Los ritmos de este último los marca la actividad humana y, con excepción de la afinidad entre la placidez de los días decembrinos y las pachangas y los tamales, nuestro tiempo social, como país, aconseja andar con pies de plomo: mucha prudencia frente al difícil tránsito que tenemos por delante.

La cosa sigue peluda: tenemos un plan fiscal aprobado, un resultado indispensable para evitar el despeñadero, pero insuficiente para sanear las finanzas públicas. Nuestro problema estratégico no es ni siquiera el fiscal, sino la reactivación de una economía que no genera empleos, y crearlos no es soplar y hacer botellas, requiere de políticas de fomento productivo.

Lo fregado es que la situación actual invita a todo menos a la prudencia. Los ardidos por la derrota de la huelga querrán reivindicarse apenas puedan; los fundamentalistas sueñan con imponer su particular reforma de Estado; los gremios públicos o privados se aferran a sus ventajas. Todos pueden reclamar, con razón, que defienden derechos.

¿Cómo se enseña la prudencia? Difícil. Para mí es la autocontención, la sabiduría de no ejercer inflexiblemente un derecho cuando eso puede ocasionar un mal mayor a todos. Se aprende por medio del ejemplo y no por prédicas. Y el ejemplo más cercano que tengo es el de la Sala IV, que, pudiendo sonarse el plan fiscal escarbando aquí y allá, no lo hizo. Prudencia: una virtud necesaria.