Jacques Sagot. 21 noviembre
Yolanda Oreamuno a los dieciséis años de edad. Foto: Archivo.
Yolanda Oreamuno a los dieciséis años de edad. Foto: Archivo.

No le confieran benemeritazgos, no le erijan monumentos, no funden escuelas, parques y certámenes literarios que lleven su nombre, no creen cátedras o bibliotecas en homenaje a ella. En lugar de todas estas solemnidades oficiales, les propongo algo mucho más simple: ¡léanla!: eso es lo que más felicidad le hubiera dado. Un escritor -por poco que sea serio y no una vedettita de pasarela- anhelará ser buscado y encontrado en su palabra viva, inspiradora, siempre reverdecida. Esa es la latitud espiritual en que podemos dialogar con él, el mágico espacio que debemos cocrear con el artista.

Esta fantochada ha durado demasiado. También la gloria es una forma de la incomprensión, acaso la peor. Yolanda tiene la gloria, pero sigue siendo una incomprendida, y la gente, el vulgus pecum, no la lee. No hablaré de nuestros estudiantes de colegio: esos ya no leen ni Condorito. Me refiero al consumptor litterarius, al bibliófilo, al ser cogitante que aún cree en el poder modelador de la palabra sobre el espíritu humano. Sobre Yolanda ha recaído un sortilegio que al parecer es inexorcizable. Ella misma creó su leyenda, pulió, coloreó y torneó su propio mito, su rostro “de exportación”, y en su literatura dejó el rostro íntimo, subterráneo, privado, el destinado para el “consumo interno”, la sombra de Jung.

Yolanda fue una dandi. Como George Sand, Frida Kahlo, Byron, Valle-Inclán u Óscar Wilde. De Yolanda podemos decir lo mismo que Wilde confesó poco antes de morir: “a mi vida le entregué mi genio; a mi obra apenas le di mi talento”. Yolanda se esculpió a sí misma y se ofrendó al mundo como obra de arte. El autor que se propone a la sociedad en tanto que objeto artístico. Ello conlleva riesgos. El mismo problema que padece, por ejemplo, Byron: todo mundo sabe quién es, pero nadie lo lee. Es que la leyenda, cual espesa y procelosa bruma, se interpone entre la escritora y su obra. Y los lectores creen conocer de ella lo esencial por el mero hecho de haber oído los más truculentos episodios de su vida. ¡Dejen descansar la leyenda! ¡Declaren una moratoria por tiempo indefinido sobre el mito! ¡Cojan un maldito libro y léanla: he ahí el único lugar del mundo donde la van a encontrar! Más aún: podrán, si aguzan los oídos, dialogar con ella (todo el que lee a los clásicos conversa con muertos: no hay otra forma de hacerlo, pese a lo que sostienen los nigromantes).

Yolanda pide a gritos una edición crítica de su opera omnia. Esa es la gran prioridad. Y va a ser un trabajo muy arduo. En primer lugar, porque Yolanda viajó mucho (Chile, Guatemala, El Salvador, México, Washington) y en todas partes, como la flor llamada “diente de león”, fue dejando diseminadas sus tenues esporas. Era descuidada con su obra. El mismo caso de Darío: existen seis ediciones “completas” de sus obras que son, todas, perfectamente incompletas. Posiblemente lo sean para siempre. Recuerden que además de ser periodista y haber enviado cientos de crónicas a La Nación de Buenos Aires desde cualquier lugar del mundo en que se encontrase, escribió para periódicos nicaragüenses, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, chilenos, españoles, franceses y costarricenses (El Diario de Costa Rica, en 1890). A Darío puede aplicársele el bello lema de la editorial Larousse: “je sème à tout vent” (“Siembro a todos los vientos”). Pues no lejos de él anda Yolanda. Es difícil no irritarse ante su negligencia y falta de interés en su propia obra. Todavía en los años setentas nos estaban llegando de Chile algunos de sus mejores textos (entre ellos “Las mareas vuelven de noche”), y Rima de Vallbona exhumó de periódicos mexicanos varios cuentos destinados a perderse, un par de ellos extremadamente valiosos.

Otro problema: ¿qué vamos a hacer con su legado epistolar? Comencemos por puntualizar un hecho de la mayor importancia. Yolanda pertenece a una generación en la que la carta era aún concebida con criterio literario: se asumía que en algún momento constituiría parte del patrimonio del autor. Era literatura epistolar: piensen en los grandes compendios de cartas: Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos, las Cartas de amor de una monja portuguesa de Mariana Alcoforado, Susan de Jane Austen. De hecho, algunas de las más bellas cavilaciones de Yolanda se encuentran en sus cartas. Hay familias que conservan muchos de estos documentos: antes de que vayan a yacer en alguna polvorienta gaveta del Archivo Nacional, deberían ser incluidas en la edición crítica completa que sueño para Yolanda. Yo mismo tengo un comentario de su autoría sobre una exposición de pintura (texto valioso, como todo lo que salió de su pluma) que nadie conoce. Así que, en lugar de considerarlo una infidencia, conviene recordar que el arte epistolar era tomado muy en serio por los escritores de siglos pasados, y concebido con vocación de perpetuidad.

Poco conocida foto de Yolanda Oreamuno (tercera sentada de izquierda a derecha) con el uniforme del Colegio Superior de Señoritas. Foto: Archivo.
Poco conocida foto de Yolanda Oreamuno (tercera sentada de izquierda a derecha) con el uniforme del Colegio Superior de Señoritas. Foto: Archivo.

Lo primero que Costa Rica debería hacer es becar a un grupo de avezados estudiantes de letras para que vayan a zambullirse a los archivos de la Biblioteca Nacional, y hurguen en el Diario de Costa Rica, en los años que coinciden con la producción literaria de Yolanda: ahí deben haber tesoros que me hacen evocar los versos de Baudelaire: “Hay flores que regalan su perfume para nadie, en el fondo de los valles ignotos, y gemas que yacen olvidadas en las profundidades ocultas”. Es probable que nunca podamos compendiar una edición completa de la obra oreamuniana, pero eso no nos exime del deber de intentarlo, y de aproximarnos asintóticamente a esa meta.

Yo llegué a Yolanda gracias a dos benditas figuras tutelares que han tenido sobre mí enorme influjo: Guido Sáenz, quien la conoció íntimamente; y como baquiana a través de su obra y su compleja personalidad, Emilia Macaya, cuya amistad me honra. Ambos fueron inmensamente generosos conmigo. Con ese par de “virgilios”, el descenso a las profundidades de Yolanda fue mucho menos arriscado.

Pero no quito el dedo del renglón: el mejor homenaje que podemos rendirle es leerla, y volverla a leer hasta que hayamos extraído de su zumo literario todos los nutrientes que detenta. Cualquier otra solemnidad oficial es letra muerta, y cosa que Yolanda habría desdeñado. Y luego, abocarnos a amasar un corpus literario que se acerque cuanto sea posible a una edición crítica completa de sus obras. Es trabajo que le corresponde a las universidades y sus estudiantes de literatura. No dejar que el embeleso con el mito, la leyenda, la máscara (esa de la que, insisto, Yolanda misma fue autora y responsable) usurpe el lugar que el contacto directo y vivificante con su obra debería ocupar en nuestras vidas.

No es, en general, una escritora de fácil lectura. No pensaba en términos de bestsellers y de ese fetiche que llamamos “público meta”, lo cual la dignifica y engrandece. Pero su literatura premia sobradamente a aquellos que se atreven a explorarla. Es mejor comenzar con sus relatos breves, antes de sumergirnos en el abismo de La ruta de su evasión. Yo, por ejemplo, incluiría “Valle alto” en las mejores antologías de la literatura erótica.

Desde el fondo de los siglos ella sigue convocándonos a una cita a la que nos obcecamos en no comparecer. Es una injusticia histórica. Un desperdicio. Una enorme pérdida para nosotros. Volverle el rostro a una de las cimas literarias de Latinoamérica. Ignorar todo un capítulo de la historia patria. Privarnos de insospechados y exquisitos manjares literarios. Lo propio de los países mezquinos y malagradecidos con sus artistas. Costarricenses: despierten ya: a la una, a las dos, y a las tres: ¡a leer e investigar se ha dicho! Si en algo puedo ayudar, me pongo a su disposición.