En febrero de 1926 se estrenó The Adventures of Prince Achmed, considerada la película animada de largometraje sobreviviente más antigua. A un siglo de aquel debut, la obra conserva una vitalidad singular y confirma el lugar de su autora, Lotte Reiniger, como figura clave de la historia del cine.
Realizada íntegramente con animación de siluetas recortadas, Prince Achmed deslumbró por su refinamiento técnico y su ambición narrativa en una época en que la animación aún buscaba formas y lenguajes propios.
Reiniger animó miles de figuras de cartón articuladas, fotografiadas cuadro a cuadro sobre fondos de cristal iluminados desde abajo, un método artesanal que producía movimientos fluidos y una estética poética inconfundible. La película se inspira en relatos de Las mil y una noches y combina aventuras, romance y fantasía con una puesta en escena de sorprendente modernidad.
Su estreno fue también un gesto de vanguardia. Vinculada a círculos artísticos experimentales de la Alemania de entreguerras, Reiniger contó con la colaboración de cineastas y artistas como Walter Ruttmann y Berthold Bartosch, y con una partitura que dialogaba estrechamente con la imagen. El resultado fue una obra que cruzó fronteras entre artes visuales, música y cine, anticipando búsquedas que décadas después serían centrales en la animación de autor.
Que The Adventures of Prince Achmed haya llegado hasta hoy no es un dato menor. Muchas producciones animadas del período se perdieron por el deterioro de los materiales o la falta de conservación. Su supervivencia permite reconocer el papel pionero de Reiniger, una creadora que abrió camino en un medio dominado por hombres y por estudios industriales, demostrando que la animación podía ser también una forma de expresión personal y artística.

De hecho, se habla de El apóstol, una película argentina perdida, como el primer largometraje animado. Pero tanto se ha perdido de la historia del cine, que nunca sabremos realmente cuánto hemos perdido.
A cien años de su estreno, la película sigue proyectándose en festivales, cinematecas y museos, a menudo con música en vivo, y continúa influyendo en generaciones de animadores. Más que una reliquia, Prince Achmed permanece como una prueba temprana de que el cine animado, desde sus orígenes, fue capaz de conjugar innovación técnica, imaginación y belleza duradera.
