
¿Qué sabemos realmente sobre la vida de William Shakespeare? Muy poco. Sabemos que nació en Stratford-upon-Avon, que se casó con Anne Hathaway, ocho años mayor que él, y que tuvieron tres hijos. Uno de ellos, Hamnet, murió a los once años. Después de ese dato, el registro histórico se vuelve difuso. No hay cartas íntimas ni diarios. Solo una obra inmensa, poblada de personajes que dudan, aman, traicionan y mueren.
Entre esos personajes está Hamlet, el príncipe que se pregunta por el sentido de la existencia y la muerte. Durante siglos, críticos y lectores han intentado descifrar el origen de esa obra. Sabemos que Hamnet murió en 1596 y que Hamlet fue escrita pocos años después. No hay pruebas de una relación directa entre ambos hechos, pero las coincidencias sugieren que una tragedia íntima pudo dar origen a esa otra, creada para el escenario.
Esa intuición es el punto de partida de Hamnet, la novela publicada en 2020 por Maggie O’Farrell y, ahora, de la película dirigida por Chloé Zhao. Tanto el libro como el filme se construyen sobre lo que no sabemos. Allí donde faltan documentos, entra la imaginación para explorar lo que pudo ser.
Mirada femenina
Hamnet es un relato sobre el acto de crear y sobre los caminos que convierten la muerte en representación. El crítico Harold Bloom afirmó que a Shakespeare le debemos “la invención de lo humano”. La novela y la película parecen situarse en el reverso de esa idea y preguntarse qué pérdidas y silencios hicieron posible esa invención.
Pero Hamnetno cuenta la historia de Shakespeare, sino la de Agnes, la mujer que la historia recuerda como Anne Hathaway. Durante siglos, esta figura ha sido poco más que una sombra en la biografía del dramaturgo. Germaine Greer habló de ese “vacío en forma de esposa” que los devotos del bardo llenaron con especulaciones. Hamnetintenta descifrar ese enigma.
La Agnes de Hamnetes una mujer vinculada al bosque, a las plantas y a los animales. Tiene habilidades curativas y una sensibilidad que la conecta con lo invisible. En el pueblo se le ve con recelo, como a una hechicera. Su primera aparición en la película la muestra dormida entre las raíces de un árbol, como si regresara al origen del mundo.

Mundos habitables
Hamnet construye un mundo donde sólo había suposiciones y datos dispersos. Imagina la historia desde una mirada íntima. Algo similar ocurre con el Cervantes de la película El cautivo (2025), de Alejandro Amenábar, que se aleja del monumento literario para devolverle al autor un cuerpo y una vida. En ambos casos, el mito del genio solitario se humaniza y el pasado aparece como un territorio abierto a la imaginación.
La película de Chloé Zhao sugiere que, al escribir una tragedia, Shakespeare creó para su hijo un mundo habitable después de la muerte. Uno donde el niño pudiera seguir existiendo, no como recuerdo, sino como personaje.
Desde esa perspectiva, la pregunta “ser o no ser” trasciende la duda filosófica de un príncipe danés y se vuelve algo más cercano: la necesidad de aceptar la muerte y encontrar una forma de seguir viviendo. Así, el dolor de una pareja del siglo XVI se vuelve idéntico al nuestro.
Al final, el filme sugiere que el arte no derrota a la muerte, pero sí puede ofrecernos un escenario donde los ausentes siguen hablando y el duelo se transforma, lentamente, en algo parecido al alivio.
